sábado, 17 de mayo de 2014

"FULGURANTE ORTEGA" de Jordi Gracia, publicado en El País el sábado 17 de mayo del 2014

Fulgurante Ortega

Con su obra, el pensamiento conquista la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión del hombre, su mundo y sus límites

17 MAY 2014 - EL PAÍS          

 


Al lado de Victoria Ocampo, tan alta y señorial, Ortega tira invenciblemente a bajito. Pero fue quien puso en orden de batalla a sus soldados cuando todavía no eran soldados pero él ya era su capitán. No sólo emperador, como entre los aborrecidos jesuitas de la infancia, sino directamente capitán que llama al arma a sus mesnadas para seguir propinando descargas escritas y orales sin freno, sin dios, sin miedo y sobre todo contra todo y contra todos. Ortega es una descarga de fusilería ideológica casi desde niño, en calzón corto, cuando todavía en privado todos rezongan contra la Restauración y su sistema viciado y envilecido, contra Maura y contra Romanones, contra el Partido Conservador y contra el Partido Liberal.
La diferencia es que Ortega levanta el listón y predica la radicalidad democrática del socialismo liberal como único recurso contra la injusticia social, contra el retraso intelectual, contra la inconsistencia de una democracia fraudulenta. Estamos apenas en 1908, tiene 25 años, es visiblemente calvo y en su hermano Eduardo tiene un aliado crucial, pero pronto se sumará el resto. Ortega crece a vista de todos en progresión incontenible en el Ateneo y en la Universidad, en la Residencia de Estudiantes y la Junta de Ampliación de Estudios, en la redacción de El Imparcial y en el Centro de Estudios Históricos. Está desde siempre en boca de todos por su tono, por su jovialidad, por su acometividad y por su infinita y casi angustiosa petulancia. Y sin embargo lo quieren, lo quieren y lo admiran desde santos laicos como Francisco Giner de los Ríos hasta gente de su misma edad, como Juan Ramón Jiménez o Ramón Pérez de Ayala, o algo mayores, como Antonio Machado, Azorín y Pío Baroja. Pero el que más le quiere es el mayor de todos, y mayor en todos los sentidos, Miguel de Unamuno, rendido a la chispa y la veracidad sin acartonamiento del muchacho de veintipocos que aun no es catedrático, que aun no ha escrito un libro y sin embargo a quien confía Unamuno el manuscrito de su libro filosófico más importante, Del sentimiento trágico de la vida, varios años antes de publicar el texto. Y así sigue la biografía arrebatada de Ortega hasta 1936, cuando ha sido ya el puntal ideológico de El Sol desde 1917, ha fundado el semanario España y ha puesto en marcha una cuña de revolución cultural que se llamó Revista de Occidente armada con tres lanzaderas: una tertulia en forma de chequeo intelectual de la actualidad, una revista mensual en forma de observatorio de la Europa contemporánea y una editorial con funciones de carcoma tenaz del tradicionalismo católico de la España rancia.
Siguió siendo bajo —por eso forzaba la verticalidad de su pose— pero siguió metiendo miedo, aunque él no lo tuvo hasta las balas perdidas y las violencias de 1934-1936. Él sí da miedo, incluso antes de que nadie sepa las fantasías de redención colectiva que fabrica su rotunda cabeza. Es un luchador casi físico en las peleas en las que cree hasta 1921, cuando la experiencia y los fracasos políticos empiezan a inclinar el plano de su vida hacia el desengaño y el rencor, hacia el desdén acre que destilan tantas páginas de España invertebrada de 1922 y que intoxican la peor parte de un libro lleno de hallazgos y observaciones luminosas como La rebelión de las masas, entre 1929 y 1930.
Es un luchador casi físico en las
peleas en las que cree hasta 1921; luego cayó en el desengaño
Estuvo tan vivo para aquellos jóvenes como lo está hoy para el lector con afán de pensar por libre, conocer sin anteojeras y comprender con honradez. A veces basta con dejarse atrapar por una prosa vivaz y brillante, y a veces hay que resignarse al párrafo rematadamente cursi y hasta delicuescente a ratos. Pero eso es nada, porque Homero también duerme: el todo, lo que importa de veras, es la vibración de autenticidad de un pensamiento hiperactivo y efusivo, combativo y comprometido, perspicaz y desprejuiciado, jugoso y beligerante: fundamentalmente honrado aunque se equivoque, convincente aunque yerre, siempre estimulante al menos hasta los primeros años treinta, cerca ya de sus cincuenta años, cuando abandona la confección de esos libros misceláneos y confesionales, dietarios disfrazados de ensayos, que tituló desde 1916 El Espectador.
Por supuesto, cuando Ortega se enamora se enamora de verdad, aunque sus disparatadas ideas sobre la mujer le sitúen en el pleistoceno de la especie. Pero por tres veces se enamora, y las tres a fondo: de Rosa, su mujer desde 1910 y compañera hasta su muerte en 1955; de Victoria Ocampo, perdición austral y quimérica de un hombre que se descubre frágil y desarmado en 1917, y de una joven condesa diez años más tarde, hipnótica para un Ortega con la guardia baja y la autoestima lesionadísima. Para entonces, sin embargo, en los años veinte toda su maquinaria intelectual se vuelca en la ratificación de sí mismo, cuando la filosofía de la razón vital va de camino a ser razón histórica y siente que con él el pensamiento conquista por fin la superación del idealismo de Occidente y postula una alianza entre irracionalidad y racionalidad como única vía de comprensión integral y resignada del hombre, su mundo y sus límites. Resignada, sí, pero sin tristeza ni amargura; al revés: feliz de desenmascarar falsos consuelos, feliz de saber qué hacer con la vida como proyecto, feliz de identificar lo iluso como ilusión inútil y cultivar como posible la ilusión de lo real: un Nietzsche civilizado.
¿Hay un Ortega fósil? Lo hay, claro que lo hay, y es a veces patéticamente vulnerable: la sustancia que lo fosiliza se llama resentimiento recrudecido de rencor y mesianismo abortado. Las heridas del amor propio deforman su prosa hacia el desdén contra la inopia bovina de las masas y sobre todo de los suyos. Y eso es lo peor, la incredulidad de quienes debían constituir las bases del futuro culto, educado, civil y europeo soñado. No atienden como deberían a sus visiones del hombre y la sociedad contemporánea, aunque él sea ya desde El tema de nuestro tiempo de 1923 el paraguas filosófico para el nuevo mundo que ha descubierto Albert Einstein. Ni están a la altura ni aciertan a detectar, como detecta él, el nivel que exige el presente: un pensador de la contingencia, una visión empírica de la condición humana, un dinamitador de las fantasías falseadoras, un ateo irrenunciable y primordial.
Cuando se olvida de sí mismo, es el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento
Demasiadas veces los verdaderos fósiles hemos sido nosotros, los lectores y los comentaristas, una y otra vez atados al Ortega más caduco y vulnerable —más visceral—, el de España invertebrada, el de sus cábalas sobre asuntos mal conocidos, el de los delirios, o revanchistas o apocalípticos, contra la villanía ética e ideológica de las masas ignaras. Pero ese es un Ortega ya turbado: el peor enemigo de Ortega fue Ortega mismo, sobre todo tras leer a Heidegger en 1928 y descubrir en él un asteroide filosófico completamente imprevisto. Por dentro le cambió la vida y unos años después la cambió por fuera, desde 1932: dejó de actuar como el insolente, provocativo, disperso y feliz ensayista de lo real para reencauzarse en una ruta que le había sido ajena, la filosofía profesional, la filosofía académica.
Pero incluso ese grave percance de su biografía intelectual se salda con una última resistencia al contagio teológico y religioso de Heidegger en dos fases: una breve y contundente en 1929 y otra prolongada y minuciosa, incluso furiosa, en La idea de principio en Leibniz, que es un manuscrito abandonado en 1947 tras rematar por fin su pelea privada con Heidegger, y con más razón que un santo. Cuando Ortega se olvida de sí mismo, cuando desiste de ser quien es y escribe en libertad, desatado y brioso, entonces es un ensayista arrebatado y arrebatador: el mejor antídoto contra el idealismo embaucador, el más sugestivo intérprete de sucesos en movimiento, el más apto para fabricar en silencio, rumiando, personas libres y contingentemente felices, como lo fue él mismo: un escritor del siglo XXI.
Jordi Gracia es profesor y ensayista. Es autor de la biografía Ortega y Gasset, de inminente aparición en Taurus.

sábado, 10 de mayo de 2014

Ortega, ejercicios

Plan de trabajo alumnado 2º Bachiller, sábado 10 de mayo del 2014

Entra en el siguiente enlace y realiza los dos ejercicios.
http://www.webdianoia.com/contemporanea/ortega/ortega_ejer.htm
  • 1) Descubre, con este ejercicio, cuál es el tema de nuestro tiempo, según Ortega.
  • 2) Completa el texto de Ortega sobre el sentido de "mi vida".
  • Biobibliografía de Ortega

    José Ortega y Gasset
     
    1883-1955
    José Ortega y Gasset 1883-1955 Uno de los filósofos españoles de la primera mitad del siglo XX que más influencia han ejercido en España y fuera de ella. Con un estilo literario, lleno de metáforas y frases ingeniosas, pretendió hacer filosofía en un lenguaje próximo al del Quijote, lo que le permitió llegar al público en general (a un «público culto», suele decirse). Nació en Madrid en 1883 en el seno de una familia acomodada de la alta burguesía madrileña vinculada al periodismo y a la política (un burgués, no obstante, con afanes y tendencias aristocráticas, como puede comprobarse a lo largo de su vida y obra). Su padre, José Ortega Munilla, fue director de El Imparcial, periódico fundado por su abuelo materno, Eduardo Gasset y Artime, y en el que Ortega colaboró intensamente. Su vida está profundamente ligada al periodismo, a la política, a las actividades editoriales, y ocupó un lugar muy destacado en la vida intelectual española durante la primera mitad del siglo XX. Estudió en el Colegio Jesuita de San Estanislao en Miraflores del Palo (Málaga); inició sus estudios superiores en la jesuita Universidad de Deusto (Bilbao), y los continuó en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central (Madrid), donde se licenció en 1902.
    Doctor en Filosofía en 1904 por la Universidad de Madrid, con la tesis Los terrores del año mil. Crítica de una leyenda (58 págs.)
    Entre 1905 y hasta 1907 estudia en Alemania: Leipzig, Nuremberg, Colonia, Berlín y, sobre todo, en Marburgo, en donde tomó contacto con las «musas alemanas» (el neokantismo de Herman Cohen y de Paul Natorp, entre otros) que tanto impresionaron a Ortega (ávido lector de Nietzsche en su juventud), hasta el punto de que llegó a estar toda su vida obsesionado por la grandeza de la filosofía, la ciencia y la técnica alemanas (su hijo Miguel Germán recibió este nombre en recuerdo de su estancia en Alemania a la que consideraba su «segunda patria»).
    Defendió un europeísmo (que Unamuno llegó a considerar propio de «papanatas») de corte germanizante que le condujo a dudar de la existencia de una filosofía española e incluso a considerarse la encarnación de esa filosofía, así como a postularse como iniciador de la «verdadera filosofía» (la Biognosis), concebida como «Crítica de la Razón histórica» y entendida como «ciencia de lo humano» («ciencia de la vida» en sentido estricto), en tanto que distinta e irreductible a la razón física y de la razón abstracta. Ortega, en efecto, estaba convencido de que la «raza», la «sustancia» españolas estaban enfermas y proponía –envuelto como estaba por el «mito de la cultura»– como «medicina» la ingestión de grandes dosis de «cultura» (alemana, desde luego). En 1909 es nombrado profesor numerario de Psicología, Lógica y Ética de la Escuela Superior del Magisterio de Madrid (ver Gaceta de Madrid de 4 de agosto) y en octubre de 1910 gana por oposición la Cátedra de Metafísica de la Universidad Central, vacante tras el fallecimiento de Nicolás Salmerón. El tribunal estaba presidido por Eduardo Sanz Escartín, y formado por Francisco Fernández y González, José de Castro y Castro, Luis Simarro, Adolfo Bonilla y San Martín, José Caso y Blanco y el presbítero Alberto Gómez Izquierdo, el único voto en contra de la propuesta. Ese año también contrae matrimonio con Rosa Spottorno y Topete.
    El 23 de Marzo de 1914 pronuncia un discurso en el Teatro de la Comedia de Madrid titulado «Vieja y Nueva política» que se considera el acto fundacional de la Liga de Educación Política Española. En él, tomando como principios el liberalismo y la nacionalización, se postulaba como la vanguardia de la «España vital» frente a la «España oficial». En 1917 se ve obligado a interrumpir su colaboración con El Imparcial, pero rápidamente se incorpora a la nómina de colaboradores El Sol, diario fundado por el empresario vasco Nicolás de Urgoiti pero inspirado por Ortega. En este diario se publicaron los «folletones» que anticiparon dos de sus obras más importantes: España invertebrada y La rebelión de las masas. El propio Urgoiti funda, en 1920, la Editorial Calpe (que se unirá más tarde con Espasa) una de cuyas colecciones será dirigida por Ortega: la «Biblioteca de Ideas del Siglo XX». La empresa editorial más importante de Ortega será, no obstante, la Revista de Occidente, fundada en 1923. Desde ella, asimismo, promovió la traducción de las más importantes tendencias filosóficas y científicas de la época: Spengler, Huizinga, Husserl, Simmel, Uexküll, Heimoseth, Brentano, Driesch, Müller, Pfänder, Russell, &c., son algunos de los autores más representativos. Como actividad complementaria de la revista, destaca la tertulia diaria, presidida por el propio Ortega, a la que asistían colaboradores, amigos y estudiantes. Dirigió la revista hasta 1936 y en 1962 su publicación fue reemprendida por su hijo José Ortega Spottorno, y más adelante fue dirigida por su hija Soledad Ortega Spottorno.
    Entre 1931 y 1932 fue diputado de las Cortes Constituyentes de la Segunda República en calidad de representante de la Agrupación al Servicio de la República, fundada en febrero de 1931 por Gregorio Marañón, Ramón Pérez de Ayala y él mismo. Al agitado período de la vida política española comprendido entre 1923 y 1936 pertenecen algunos de sus más famosos escritos políticos, entre ellos: La redención de las provincias y la decencia nacional (recopilación de artículos publicados entre 1927 y 1930), Rectificación de la República (que reúne artículos periodísticos, discursos parlamentarios y la conferencia dada en el Cinema de la Opera de Madrid el 6 de diciembre de1931 titulada «Rectificación de la República») y los discursos sobre El Estatuto de Cataluña (publicados por la Revista de Occidente en 1932 dentro del libro titulado La reforma agraria y el Estatuto catalán). Desencantado de su actividad parlamentaria, abandona su participación activa en la República, aunque nunca renunció del todo a la posibilidad de ejercer su influencia en asuntos de Estado, ahora ya en plena guerra civil y durante los primeros años del franquismo, como ha demostrado Gregorio Morán. En 1936 se va de España iniciando un periplo (París, Holanda, Argentina, Portugal) que no terminará hasta su muerte, aunque, a partir de 1945, pasará temporadas en España. En 1948 funda, junto a su discípulo Julián Marías, el Instituto de Humanidades, pronuncia varias conferencias en EEUU, Alemania y Suiza, y el 18 de octubre de 1955 fallece en su domicilio madrileño, Monte Esquinza 28.
    Ortega ha ejercido una notable influencia no sólo en España e Hispanoamérica, sino también en otros países, por ejemplo, en Alemania. Entre los hispanos más o menos influidos directamente por él destacan: Manuel García Morente (1886-1942), Joaquín Xirau (1895-1946), Xaxier Zubiri (1898-1983), José Gaos (1900-1969), Luis Recaséns Siches (1903-1977), Manuel Granell (1906-1993), Francisco Ayala (1906-2009), María Zambrano (1907-1991), Pedro Laín Entralgo (1908-2001); José Luis López-Aranguren (1909-1996), Julián Marías (1914-2005), Paulino Garagorri (1916-2007).
    Las líneas maestras de la filosofía orteguiana pueden trazarse a partir de la crítica de una serie de Ideas o pares de Ideas que giran todas ellas en torno a la oposición Realismo/Idealismo en sus diferentes variantes y en un intento por superar su mutua reducción –practicada, según Ortega, en la Antigüedad («que ponía como realidad radical la cosa corporal») y en la Edad Moderna («que afirma como realidad radical el pensamiento, la conciencia»– mediante su yuxtaposición (las Cosas y Yo; Circunstancia y Yo) o mediante su fusión en una única idea: la Idea de Vida. La vida (la vida por antonomasia, es decir, la realidad radical) concebida como principio ontológico fundamental, implica, por un lado, la negación de la independencia absoluta del mundo respecto del pensamiento (y viceversa) y, por otro lado, la afirmación de su conjugación: «lo que hay pura y primariamente es la coexistencia del hombre y el mundo...; lo que hay es el mutuo existir del hombre y el mundo... mutuo serse.» La realidad radical es, en consecuencia, la suma de la existencia humana individual (biográfica) y la circunstancia (que es un espacio antropológico bidimensional constituido por los ejes circular y radial), concebida como el ámbito de los problemas a los que tiene que enfrentarse el Yo (que no se identifica ni con el cuerpo ni con el alma ni con su composición). Por ejemplo: La esencia de la Tierra –dice Ortega– no nos viene dada ni a través de la Astronomía (tierra-astro), ni de la mitología (diosa-madre), sino sencillamente consiste en una serie de dificultades y facilidades para los individuos: es lo que nos sostiene porque hacemos pie en ella, es aquello que a veces tiembla y nos aterra, aquello que nos aparta de nuestros seres queridos, lo que nos permite huir, &c.
    Los primeros escritos orteguianos, digamos hasta 1913, están profundamente marcados por el par de conceptos Subjetivismo/Objetismo. El objetivismo (el racionalismo) caracterizaría a esta primera fase o etapa de su pensamiento que se articula en torno a dos grandes Ideas: las Ideas de Ciencia y de Cultura. Una etapa que Ortega quiso dar por terminada en 1916 con la publicación de Personas, Obras, Cosas (volumen que recoge muchos de los artículos y escritos de juventud hasta 1912) y en cuyo prólogo puede leerse: «Para mover guerra al subjetivismo negaba al sujeto, a lo personal, a lo individual todos sus derechos. Hoy me parecería más ajustado a la verdad... dotar a lo subjetivo de un puesto y una tarea en la colmena universal.» Un puesto que ya empezó a ocupar en su primer gran libro: Meditaciones del Quijote (1914). El objetivismo inicial, por tanto, se matiza y corrige a partir de esta fecha con el par de conceptos Yo-Circunstancia y, sobre todo, con el concepto de «perspectivismo», introducido a partir de 1913 y formulado explícitamente en el ilustrativo título de una de sus publicaciones más emblemáticas: El Espectador. (Perspectivismo no muy alejado de algunas categorías tomadas de la biología, en particular las desarrolladas por el biólogo Jacob von Uexkül, como puede apreciarse en muchas de sus formulaciones: «Cada individuo –persona, pueblo, época– es un órgano insustituible para la conquista de la verdad».) El par de conceptos Yo-Circunstancia se convierten en El tema de nuestro tiempo (1923) en los de Relativismo(Vida)/Racionalismo o en los de Cultura (vida espiritual)/Vida (vida biológica, vida espontánea), cuya oposición pretende soslayarse introduciendo la consabida yuxtaposición de conceptos con la que define su propia filosofía: el racio-vitalismo. Racio-vitalismo con perspectivismo al fondo, podríamos decir: «ni el absolutismo racionalista –que salva la razón y nulifica la vida– ni el relativismo, que salva la vida evaporando la razón». «No hay cultura sin vida, no hay espiritualidad sin vitalidad». Sin embargo, esta yuxtaposición acabará siendo reabsorbida en la «vida biológica», cuando ésta adquiere el valor de vida por antonomasia («las actividades espirituales –advierte Ortega– son también primariamente vida espontánea. El concepto puro de la ciencia nace como una emanación espontánea del sujeto, lo mismo que la lágrima»). Y en eso precisamente consiste el Tema de nuestro tiempo: «en someter la razón a la vitalidad, localizarla dentro de lo biológico, supeditarla a lo espontáneo». «La razón pura tiene que ceder su imperio a la razón vital». Pero hay un momento en el que Vida y Cultura aparecen plenamente integrados (fusionados), a saber: el momento de la creación de nuevos valores culturales; el momento de la cultura germinal (que es momento de los genios que marcan el inicio las nuevas épocas) frente a la cultura ya hecha (desvitalizada, esto es, anquilosada, hieratizada). En este momento (el del cambio de valores) es cuando la vida espontánea recupera su valor preeminente: «Contra cultura, lealtad, espontaneidad, vitalidad» (fase contracultural en la concepción orteguiana de la cultura que no supone una vuelta al primitivismo).
    En resolución: La doctrina de la razón vital es la propuesta orteguiana para superar la oposición racionalismo/vitalismo, en un doble sentido: en primer lugar, vitalizando a la razón, es decir, insertándola en el contexto de la existencia humana, haciendo de la racionalidad una respuesta a las necesidades vitales previas; en segundo lugar, renegando del sustancialismo de la res cogitans. Así proclamó Ortega su «cartesianismo de la vida» utilizando una fórmula («pienso porque existo») que Unamuno ya había hecho suya en Del sentimiento trágico de la vida, aunque éste prefiera, no obstante, esta otra: «Siento, luego soy». Como consecuencia inmediata, Ortega arroja por la ventana de la vida toda la Ontología tradicional: Las Ideas de sustancia, esencia, existencia, ser, cuerpo, alma, materia, forma, &c., resultan insuficientes, y proclama como fundamento de la verdadera filosofía –la filosofía llamada, por tanto, a inaugurar una nueva época– un principio dinámico: la vida entendida como acontecer, como aquello que nos pasa («la vida no tiene un ser fijo y dado de una vez para siempre, sino que está pasando y aconteciendo»). Y esto tanto vale para la vida biográfica (la vida como empresa, como quehacer, la vida, en suma, como actividad proléptica), como para la vida cultural (crisis y cambio de las épocas). Su doctrina adquiere, de este modo, una coloración historicista presidida por la teoría de las generaciones, que desarrolla en En torno a Galileo (1933) sentando las bases de la razón histórica, cuyos principios fundamentales se exponen en Historia como sistema (1935).
    La razón histórica –término puesto en circulación por Dilthey y que Windelband y Rickert recogen, respectivamente, en Historia y Ciencia natural (1894) y Ciencia cultural y Ciencia natural (1899)– es la razón vital puesta en movimiento, es decir, es la alternativa metodológica ofrecida por Ortega para el análisis de la vida tanto biográfica como histórica (análisis del cambio de categorías culturales, lo que Ortega llama las creencias, en las grandes épocas: Antigüedad, Edad Media, Renacimiento, Edad Moderna). Esta concepción puede considerarse el resultado de la operación de integración de su perspectivismo vital (antropológico, cultural) al ámbito de la realidad histórica, a través de la definición del ser del hombre (de su sustancia) como ser histórico; el ser del hombre es innumerable y multiforme: en cada tiempo, en cada lugar, es otro. ¿Y cuál es el ser principal de la existencia humana –entiéndase de un hombre, de un pueblo o de una época? El sistema de creencias en el que vive. La metodología propuesta por Ortega consiste en desentrañar el sistema de convicciones de una determinada época tratando de averiguar, en primer término, la creencia fundamental, de la que se derivarían todas las demás. ¿Pero cómo se averigua el sistema de creencias de una época? Utilizando el método comparativo, esto es, comparando unas épocas con otras.
    En este contexto, Ortega proclamará el inicio de un nuevo tiempo, la «aurora de la razón histórica», firmemente convencido de que la cultura moderna (cartesiana) había llegado a su fin: «El hombre, no tiene naturaleza, lo que tiene es historia; porque historia es el modo de ser de un ente que es constitutivamente, radicalmente, movilidad y cambio. Y por eso no es la razón pura, eleática y naturalista, quien podrá jamás entender al hombre. Por eso, hasta ahora, el hombre ha sido un desconocido... ¡Ha empezado la hora de las ciencias históricas! La razón pura tiene que ser sustituida por la razón narrativa... Y esa razón narrativa es la razón histórica».
    Pero, ¿cuál es el síntoma en el que funda esta proclamación? El siguiente: la crisis de los fundamentos de las ciencias ejemplares (la crisis de la razón teórica), a saber, la física, la lógica y las matemáticas y la crisis de los fundamentos de las ciencias prácticas (la razón práctica: moral, derecho, política, costumbres...). En suma: la crisis de la fe propia de la Edad Moderna; la crisis de la razón pura y de sus temas fundamentales: Verdad, Conocimiento y Ser. Y ahora preguntamos nosotros: ¿Qué queda de este anuncio, al margen del propio anuncio?
    Obras principales de José Ortega y Gasset
    1914 Meditaciones del QuijoteVieja y nueva política
    1915 Investigaciones psicológicas (Curso explicado entre 1915-16 y publicado en 1982)
    1916 Personas, Obras, Cosas (artículos y ensayos escritos entre 1904 y 1912: «Renan», «Adán en el Paraíso», «La pedagogía social como programa político», «Problemas culturales», &c.)
    1916-1934 El Espectador (8 tomos publicados entre 1916 y 1934)
    1921 España Invertebrada
    1923 El tema de nuestro tiempo
    1924 Las Atlántidas
    1925 La deshumanización del Arte e Ideas sobre la novela
    1927 Espíritu de la letraMirabeau o el político
    1928-1929 ¿Qué es filosofía? (curso publicado póstumamente en 1957), Kant
    1929-1931 ¿Qué es conocimiento? (Publicado en 1984, recoge tres cursos explicados en 1929, 1930 y 1931, titulados, respectivamente: «Vida como ejecución (El ser ejecutivo)», «Sobre la realidad radical» y «¿Qué es la vida?»)
    1930 La rebelión de las masasMisión de la Universidad
    1931 Rectificación de la República; La redención de las provincias y la decencia nacional
    1932 Goethe desde dentroUnas lecciones de metafísica (curso dado entre 1932-33 y publicado en 1966)
    1933-34 En torno a Galileo (curso explicado en 1933 del que se publicaron algunas lecciones en 1942 bajo el título Esquema de las crisis)
    1934 «Prólogo para alemanes» (prólogo a la tercera edición alemana de El tema de nuestro tiempo. El propio Ortega prohibió su publicación «por los sucesos de Munich de 1934». Finalmente se publicó en español en 1958.)
    1935 Historia como sistema (1ª edición en inglés. La versión española es de 1941 e incluye su ensayo sobre «El Imperio romano»).
    1939 Ensimismamiento y alteración. Meditación de la técnica
    1940 Ideas y Crencias,Sobre la razón histórica (curso explicado en Buenos Aires y publicado en 1979 junto a otro dado en Lisboa sobre el mismo asunto.)
    1942 Teoría de Andalucía y otros ensayosGuillermo Dilthey y la Idea de vida
    1944 Sobre la razón histórica (curso dado en Lisboa, vid. supra)
    1946 Idea del Teatro. Una abreviatura (conferencia dada en Lisboa, abril, y en Madrid, mayo; publicada en 1958, aunque en el núm. 62 de la Revista Nacional de educación ofreció una versión de la pronunciada en Madrid.)
    1947 La Idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva (publicado en 1958)
    1948 Una interpretación de la Historia Universal. En torno a Toynbee (publicado en 1960)
    1949 Meditación de Europa (conferencia pronunciada en Berlín en 1949 con el título: De Europa meditatio quaedam. Se publica en 1960 junto a otros textos inéditos afines).
    1949-1950 El hombre y la gente (curso explicado en 1949-1950 en el Instituto de Humanidades; se publica en 1957)
    1950 Papeles sobre Velázquez y Goya
    1951-1954 Pasado y porvenir para el hombre actual (título publicado en 1962 que reúne una serie de conferencias que Ortega pronunció en Alemania, Suiza e Inglaterra y se publicarán junto a un «Comentario al Banquete» de Platón.)
    Otros póstumos: Goya (1958), Velázquez (1959), Origen y epílogo de la Filosofía (1960), La caza y los toros (1960), Vives-Goethe (1961)
    Ediciones de las Obras de José Ortega y Gasset
    1932 Obras de José Ortega y Gasset, Espasa-Calpe. Contiene: Meditaciones del Quijote. Vieja y Nueva política. El Espectador I-VIII. España Invertebrada. El tema de nuestro tiempo. Las Atlántidas. Kant. La deshumanización del arte e ideas sobre la novela. Espíritu de la letra. Mirabeau o el Político. La rebelión de las masas. Misión de la Universidad. La redención de las provincias y la decencia nacional. Rectificación de la República.
    1946-1983 Obras Completas de José Ortega y Gasset, 12 vols. Revista de Occidente, Madrid. (A partir de 1983 se hace cargo de la edición Alianza Editorial). Se publicaron siguiendo el siguiente orden: Vols. 1-2 (1946). Vols. 3-6 (1947). Vol. 7 (1961). Vols. 8-9 (1962). Vols. 10-11 (1969). Vol. 12 (1983).
    Sobre José Ortega y Gasset
    Udo Rukser, Bibliografía de Ortega, Revista de Occidente (Estudios orteguianos 3), Madrid 1971, 407 págs.
    Antón Donoso & Harold C. Raley, José Ortega y Gasset: a Bibliography of Secondary Sources, Philosophy Documentation Center, Bowling Green 1986, 4125 entradas.
    Gonzalo Redondo, Las empresas políticas de Ortega y Gasset, Rialp (Cuestiones fundamentales 15), Madrid 1970, 2 vols., 476+608 págs.
    Gregorio Morán, El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo, Tusquets (Andanzas 324), Barcelona 1998, 541 págs.
    Sobre José Ortega y Gasset en el Proyecto filosofía en español
    1920 Félix C. Lizaso, José Ortega y Gasset
    1927 Ramón Gómez de la Serna, Manías de los escritores: La de Ortega y Gasset
    1941 José Ferrater Mora, José Ortega y Gasset
    1944 José Ferrater Mora, José Ortega y Gasset
    1945 Juan Roig Gironella, S. I., Haeckel, Hegel, Ortega y Gasset
    1947 Medardo Vitier, Sobre un lugar de Ortega y Gasset
    1948 Carlos Alonso del Real, Otra vez Ortega
    1951 José Ferrater Mora, José Ortega y Gasset
    1956 Ignacio Iglesias, Don José Ortega y Gasset
    1958 José Ferrater Mora, José Ortega y Gasset
    José Ferrater Mora, José Ortega y Gasset
    1967 Carlos Amable Baliñas, José Ortega y Gasset
    1976 José Ortega y Gasset en el Diccionario de Filosofía Contemporánea
    1979 José Luis Abellán, «La muerte de Ortega y Gasset y la generación de 1956», Triunfo, Madrid, 23 de junio de 1979, número 856, páginas 58-60.
    Rafael García Alonso, En torno a Ortega y la estética
    Jacinto Sánchez Miñambres, Ortega y el nacimiento de la posmodernidad
    2001 Gustavo Bueno, La Idea de Ciencia en Ortega
    2002 Gustavo Bueno, La Idea de España en Ortega
    Textos de José Ortega y Gasset en el Proyecto filosofía en español

    José Ortega y Gasset (madrid 9 de mayo de 1883-18 de octubre de 1955) (videos, pequeña biografía y una semblanza)

    Plan de trabajo (para el alumnado de 2º de bachillerato del León Felipe) sábado 10 de mayo de 2014

    1) Lectura de la breve Presentación de este Post (2 minutos).
    2) Visionado del video de Fernando Savater (23 minutos)
    3) Visionado del video  Creadores del Siglo XX (50 minutos)
    4) Lectura de la semblanza por Javier Zamora Bonilla (30 minutos)
    5) Buscar en la red un examen de selectividad sobre Ortega (15 minutos)
    6) Haced un comentario sobre Ortega y Gasset en este mismo post. (Optativo)

     

    Presentación

    José Ortega y Gasset

    Ortega nace el 9 de mayo de 1883 en el seno de una familia de la alta burguesía ilustrada madrileña. Cursa estudios en el Colegio de Miraflores de El Palo (Málaga), Universidad de Deusto, y Universidad Central de Madrid. Pero fueron determinantes para su formación los tres viajes a Alemania en 1905, 1907 y 1911, donde estudian el idealismo que será la base de su primer proyecto de regeneración ética y social de España. En 1908 es nombrado catedrático de Psicología, Lógica y Ética de la Escuela Superior de Magisterio de Madrid, y en 1910 catedrático de Metafísica de la Universidad Central de Madrid.
    Especialmente decisivo es el año de 1914, año de la Gran Guerra, que ve como una quiebra de los ideales ilustrados.

    En sus escritos de Vieja y Nueva Política, Meditaciones del Quijote y Ensayo de Estética a manera de prólogo expone su programa de una modernidad latina alternativa. En 1916 emprende su primer viaje a la Argentina, de gran importancia en su trayectoria profesional, y para las relaciones culturales con Iberoamérica. En 1921 publica en forma de libro su diagnóstico de la situación de España en el expresivo título de España invertebrada. Y en 1923 ofrece el análisis de su época como El tema de nuestro tiempo, consistente en la necesidad de superar el idealismo y volver a la vida, núcleo de su teoría de la razón vital. Esta es fruto de la nueva sensibilidad que advierte en el siglo XX, ejemplificada en el arte nuevo como La deshumanización del arte (1925). Su ruptura con la Dictadura de Primo de Rivera tiene lugar en 1929 con ocasión de su famoso curso ¿Qué es filosofía?. En 1930 publica La rebelión de las masas que tiene una gran repercusión internacional. Promotor de la Asociación al Servicio de la República, no se adscribe a ningún partido, y tiene que exilarse en 1936, pasando de París a la Argentina (1939-1942), para recalar finalmente en Lisboa. Aquí prepara buena parte de lo que queda. como obra póstuma : el Velázquez, Sobre la razón histórica, el Leibniz, El Hombre y la Gente, Epílogo... Regresa ocasionalmente a España, por la cercanía de su familia y para promover iniciativas con el Instituto de Humanidades, con un "apeadero" en Madrid, donde muere el 18 de octubre de 1955.


    http://www.rtve.es/alacarta/videos/creadores-del-siglo-xx/creadores-del-siglo-xx/559804/

    http://loffit.abc.es/2014/05/09/jose-ortega-y-gasset/144335/0/

    http://www.ortegaygasset.es/fog/ver/2/jose-ortega-y-Gasset


     
     
     
     

    Ortega  (una semblanza por Javier Zamora Bonilla)

    Una metafísica para la vida

    José Ortega y Gasset (1883-1955) era en 1902 un mocito modernista con inquietudes literarias e intelectuales recién licenciado en Filosofía y Letras. Quería ser un novelista o un sabio. En la primera de estas vocaciones predominaba un ensimismamiento en el placer de la escritura, una fruición por el goce estético de la emoción de encontrar la frase que define la cosa y la explica bellamente. En la segunda vocación, la de sabio, la inclinación tomaba un cariz político, de actuación pública, de deseo de transformar la sociedad, su país y al hombre, desde el conocimiento. El muchacho se había educado en una familia de la alta burguesía madrileña, con más prestigio que dinero aunque suficientemente acomodada para vivir holgadamente y dar una educación cara a sus hijos. Su padre, José Ortega Munilla, era, cuando nace el pequeño Pepe, el director del suplemento literario del principal periódico de la época, El Imparcial, que pertenecía a la familia de su mujer, Dolores Gasset. El diario había sido creado por el padre de ésta y abuelo de Ortega y Gasset, Eduardo Gasset, y en él publicaban los más famosos e influyentes intelectuales y literatos del momento. A la muerte del abuelo, que se produce al año siguiente de nacer su nieto, el periódico queda en manos de su hijo menor, el jovencísimo Rafael, quien ayudado por su cuñado y el director del periódico, Andrés Mellado, saca adelante la empresa familiar.
    Eduardo Gasset había sido ministro durante la breve monarquía de Amadeo de Saboya. Aunque no había apostado por la restauración borbónica, supo colocar El Imparcial en un puesto de privilegio dentro de las filas liberales. Su hijo Rafael continuará la vocación política del padre y en 1900 entrará en un gabinete regeneracionista conservador de Francisco Silvela, constituido tras los desastres de Cavite y Santiago de Cuba para restaurar la gloria y la economía del país. Rafael Gasset acabará militando en las filas liberales, desde donde proseguirá su labor de ministro de Fomento en casi una decena de ocasiones y controlará varios distritos electorales en los que encasillaba a sus correligionarios, entre ellos al padre de Ortega.
    José Ortega y Gasset era en 1902 un joven atento y había sido capaz de captar muy bien el ambiente intelectual y político de España, que vivía a diario en su propia casa y en la redacción de El Imparcial. Cuando en los años siguientes da forma a la vocación que será su meta durante toda su vida, había tenido delante un buen número de posibilidades donde elegir. La decisión adoptada, la llamada interior que sintió no era la más cómoda entre las opciones que tenía delante: entregarse al estudio de la filosofía para construir una metafísica original capaz de explicar el ser del hombre en el mundo, y ser, al mismo tiempo, un intelectual que transmitiera e intentara hacer comprender su visión del mundo. Como bien intuía Ortega en aquellas fechas y sabrá después, toda metafísica supone una nueva explicación del mundo, que es en sí misma una nueva forma de estar el hombre en el mundo.
    Esta vocación, todavía no perfilada plenamente, es la que le llevará a estudiar en Alemania dos cursos entre 1905 y 1907, una vez que se ha doctorado en Filosofía por la Universidad Central de Madrid en 1904. Ortega acude primero a Leipzig, luego a Berlín, y finalmente a Marburgo, ciudad a la que volverá en 1911. Todos estos viajes tuvieron como fin empaparse de la cultura germánica y, como dijo él mismo, llenar de idealismo algunos tonelillos para digerirlos en la estepa castellana y utilizarlos de manera que le fuesen útiles a su país, el cual le parecía demasiado falto de ideales y excesivamente pegado a lo concreto. Ortega se aproximará en Alemania a la filosofía neokantiana por dos vías, una más ortodoxa, las enseñanzas de sus maestros marburgueses Hermann Cohen y Paul Natorp, y otra más heterodoxa, la filosofía de George Simmel, al que conoce en Berlín. En aquel momento, a Ortega le interesa más el neokantismo de la Escuela de Marburgo, que en Cohen tenía un desarrollo metafísico, ético y estético, y en Natorp una vertiente pedagógica y política.
    Para los neokantianos de Marburgo, lo objetivo eran las ideas: el concepto puro, el conocimiento puro, la voluntad pura, la razón pura..., una pureza que a Unamuno le repugnaba y que veía estaba deformando el alma de su joven amigo madrileño, quien en su intento de superar el subjetivismo español caía, sin darse aún cuenta, en un subjetivismo de la conciencia. Del mismo le ayudará a salir el arte español del que será su amigo Ignacio Zuloaga, tan realista, incapaz de ajustarse a la estética pura de Cohen, y la fenomenología de Edmund Husserl, que conocerá de forma indirecta en su viaje a Alemania de 1911, una vez que Ortega había obtenido su cátedra de Metafísica en la Universidad Central de Madrid unos meses antes. Husserl desarrollaba el concepto de conciencia en un sentido distinto al kantiano, en tanto que la conciencia no era el pensar interno a la mente de la realidad captada, sino la propia captación de la realidad. Por eso muchos jóvenes europeos de la generación de Ortega vieron que, en el fondo, Husserl iba a las cosas, a la vida, aunque ésta quedara puesta entre paréntesis para, como en toda filosofía idealista, conseguir alcanzar una verdad epistemológicamente irrebatible a partir de los fenómenos. Ortega estará ya siempre en esa lucha, creyendo en una verdad única e inmutable y peleando al mismo tiempo con la realidad varia de las cosas y el devenir de las mismas.
    Con treinta y un años, el joven filósofo español publica en 1914 su primer libro, las Meditaciones del Quijote. Es un libro en el que quedan resabios idealistas neokantianos, abunda el análisis fenomenológico y se empieza a intuir el raciovitalismo que cuajará en los años Veinte. Ese mismo año Ortega publica un prólogo al libro de poemas El Pasajero de José Moreno Villa. Aquí aparece el concepto de “yo ejecutivo” en un sentido que presenta interesantes matices respecto a la conciencia ejecutiva fenomenológica, pues en él lo importante no es la conciencia recibiendo ejecutivamente las impresiones captadas por los sentidos sino la vida viviéndose en todo instante.
    Las Meditaciones del Quijote suponen un esfuerzo no satisfactoriamente logrado por abandonar el continente idealista en el que Ortega había vivido toda una década y son el primer gran paso para construir una metafísica de la vida humana en el que el yo ejecutivo se convierte en realidad radical inmersa en su circunstancia. Y es que a Ortega siempre le interesó el hombre en el mundo y no el hombre aislado, solitario, encerrado en la realidad de su conciencia. Le interesó el hombre conviviendo. Por eso, su labor a partir de aquí va ir por la ruta de romper con la modernidad cartesiana y kantiana que había encerrado al hombre en la cárcel de su yo interior y le había aislado del mundo real al construirle un mundo utópico. Como vivir ahí es imposible, el hombre había seguido viviendo la realidad tal cual se presenta, pero era incapaz de comprenderla porque su mundo no se ajustaba al mundo ideal que se había formado en su mente.
    Las Meditaciones del Quijote eran al mismo tiempo un libro político. Eran un libro que quería elevar las cosas que tocaba a la plenitud de su significado, para salvarlas. Entre esas cosas que Ortega quería salvar estaba su país, España. El filósofo quería mejorar la realidad de su patria mediante la absorción de la ciencia europea para hacerla propia y desarrollarla de un nuevo modo. Esa transformación era la más importante a realizar para toda una generación de españoles jóvenes que se juntaron en la Liga de Educación Política Española, que Ortega presentó en sociedad en marzo de 1914 en el teatro de la Comedia de Madrid mediante una conferencia titulada “Vieja y nueva política”, algunos de cuyos párrafos se reproducían en Meditaciones del Quijote. Para Ortega, Europa era Sócrates, es decir el método científico para alcanzar el concepto, la definición de las cosas. Por eso había dicho en 1910 que “Europa = Ciencia”, y ese mismo año había colaborado en la fundación de una revista llamada Europa, desde la que rebatía el concepto costista de europeización más centrado en la equiparación material de España al bienestar económico y social del norte europeo. Nuestro país no era para Ortega algo extraño a Europa; lo que pasaba es que España estaba alejada de ésta por toda una edad histórica porque había renunciado a la ciencia moderna. Ortega tenía una gran fe en España y pensaba que era un “promontorio espiritual de Europa” y la “proa del alma continental”. La cuestión estaba en saber estar en el nuevo tiempo que nacía y para eso era importante encontrar en la propia historia algunos referentes esenciales, principalmente hallar la mayor cima que había dado lo español, el estilo cervantino de acercarse a las cosas, porque todo estilo poético encierra en sí una filosofía, una moral, una ciencia y una política. De este modo la ciencia europea debía pasar por el tamiz de la poética española, que había tenido algunas miradas sinceras para comprender el mundo. La perspectiva española era, por tanto, esencial para Europa, que no podía prescindir de la manera española de mirar las cosas, del “logos del Manzanares”. No estaban Ortega y Unamuno tan alejados en este punto como pueda dar a entender la agria polémica de 1909, cuando el sabio rector de Salamanca critica a los jóvenes que estaban entregados a los papanatas europeos y opta por San Juan de la Cruz frente a Descartes, y Ortega contesta con aquello de que el color sonrojado de las piedras salmantinas se debe al rubor que sienten al oír las cosas que decía don Miguel. Unamuno había captado bien pronto la inteligencia del joven filósofo madrileño y seguía sus escritos en recepción crítica. Ortega, que había empezado a leer a Unamuno desde joven por indicación de su padre, como confesará en la necrológica que escribe del vasco en 1937, sabía muy bien la profundidad filosófica que encerraba la obra unamuniana. Esos dos hombres se comprendieron mucho más de lo que puedan dar a entender un puñado de malas palabras y unos cuantos gestos.
    Para Ortega, la verdad, aun siendo una e invariable, sólo se puede conocer mediada por la perspectiva, que es distinta en cada individuo, en cada pueblo, en cada época. El perspectivismo que tan bien explicado está en las Meditaciones del Quijote se convierte así en método de aproximación a la verdad. Ortega afirma leibnizianamente cada individuo es una perspectiva necesaria e insustituible en el universo. No cabe mayor fe en el hombre, y es seguro que Ortega llegó a ella por contacto espiritual con sus amigos de la Institución Libre de Enseñanza, en la que, como ha mostrado Agustín Andreu, se leía a Leibniz con interés. ¡Cuánto nos queda por aprender de lo que Francisco Giner de los Ríos y un puñado de hombres ilustres hicieron por poner a España al nivel que le correspondía en la historia!
    Al mismo tiempo que Ortega profundizaba en el conocimiento de la filosofía y que abordaba el proyecto de fundar una filosofía propia, publicaba con bastante regularidad en la prensa, sobre todo a partir de 1907 cuando sus artículos habían tomado un tono político evidente. Poco a poco le habían ido dando espacio en el periódico familiar, al salvarse las iniciales reticencias de su padre, director de El Imparcial por aquellos años de principios del siglo XX, pero pronto empezará Ortega a proponer una reforma del liberalismo que no encajaba con los anquilosados moldes de los seguidores de Sagasta y que incomodaba la posición política de su tío Rafael Gasset. Desde la revista Faro, en cuya fundación tuvo parte, Ortega propuso en discusión periodística con el hijo del líder conservador Antonio Maura, Gabriel, un liberalismo transformado en sentido socialista. Ortega defendía que, respetando los principios esenciales del liberalismo decimonónico –los derechos y libertades fundamentales–, el Estado actuase como redistribuidor de la riqueza en beneficio de las clases más pobres, tanto en lo tocante a cuestiones económicas y laborales como en lo referente al acceso de todos los ciudadanos a la cultura. Estas propuestas estaban en la órbita del liberalismo inglés de un Lloyd George y próximas al socialismo de cátedra alemán y al socialismo fabiano, pero chocaban con los viejos resortes del Partido Liberal, no porque muchos de ellos, como José Canalejas, no fuesen conscientes de la necesaria transformación de la ideología liberal decimonónica sino porque introducía un factor de desestabilización del régimen en tanto que Ortega pretendía dar entrada firme al Partido Socialista. El entonces joven filósofo hablaba de un liberalismo socialista o de un socialismo ético, que estableciese un sistema de revoluciones para la transformación de la sociedad sin revolucionarismos. Por eso los partidos del turno pacífico de Cánovas y Sagasta, dirigidos ahora por nuevas generaciones, le parecían alas anquilosadas y, el Partido Liberal, en concreto, “un estorbo nacional”. Así le calificó en 1913 con tanta valentía como afán rupturista juvenil desde las páginas de El Imparcial, lo que le obligó a buscarse acomodo en otra prensa. Ya venía colaborando desde 1908 en revistas como las citadas Faro (1908) y Europa (1910), ambas de vida tan efímera, y en algunos diarios vinculados al Partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux, desde los que lanzaba sus artículos más heterodoxos contra el régimen de la Restauración.
    La proximidad de Ortega a Lerroux era más circunstancial que sincera. En el fondo, Lerroux le parecía un elemento necesario para la ruptura del régimen canovista pero no un constructor de una política nueva. El Partido Socialista, a pesar de que primeramente había pensado en él como el partido europeizador de España y como un partido cultural, no podía ser el elemento vertebrador y por eso Ortega optó por una vía intermedia tras considerar fracasada la posibilidad de que el Partido Liberal se reformase en sentido socialista. La nueva vía fue el Partido Reformista de Melquiades Álvarez al que se unió estrechamente a partir de 1914, llegando a formar parte de su junta directiva, aunque no se presentó finalmente a ningunas elecciones. Ortega era un intelectual y como tal se encontraba incómodo en las filas de un partido porque su afán era buscar la verdad y no aferrarse a una doctrinariamente.
    El reformismo que Ortega defendía, común a muchos miembros de su generación en España y en Europa, encontrará su expresión en la revista España, que dirige en 1915 y, sobre todo, en las páginas de El Sol, periódico nacido en 1917 del esfuerzo del empresario Nicolás María de Urgoiti, al que Ortega se había asociado en un fracasado intento de hacerse con El Imparcial en la primavera de 1917. Las páginas de El Sol recogerán hasta 1931 casi toda la producción literaria de Ortega, quien además ejerce de editorialista entre diciembre de 1917 y 1920, cuando cansado del ajetreo político que supone estar en el devenir diario de la prensa deja esta labor.
    Durante estos años, Ortega verterá sus ideas políticas y plasmará en numerosísimos artículos su proyecto de transformación del liberalismo en sentido social. Sus propuestas iban enfocadas a garantizar seguros que socorriesen a los trabajadores en momentos de necesidad, a fomentar la presencia más activa de los trabajadores en la dirección de la empresa, incluso proponiendo una participación en los beneficios que permitiese ir transformando el capitalismo en socialismo, y a la financiación de estas medidas por medio de un fuerte gravamen sobre las herencias y un impuesto progresivo sobre la renta de las personas físicas, pero, sobre todo, Ortega creía necesario incrementar el nivel cultural del pueblo, pues, como Unamuno, estaba convencido de que la libertad que necesitaba el pueblo era la cultura. En esto, ambos estaban plenamente inmersos en el proyecto ilustrado y confiaban en que la extensión del conocimiento permitiría la humanización del hombre, aunque ninguno de los dos era ingenuo y veían claramente la maldad que les rodeaba. Ortega, sobre todo después de la Guerra Civil, no dejará de insistir en que la sociedad es siempre un proyecto nunca enteramente satisfecho, un conato, una lucha constante de las fuerzas sociales contra las antisociales, y que a la postre el hombre es una mala bestia con ciertas veleidades de arcángel. ¡Qué otra cosa se podía decir después de ver cómo se estaban ventilando en Europa las diferencias desde hacía más de veinte años! Para muchos de estos hombres de las generaciones europeas de fin de siglo y de 1914, las dos Guerras Mundiales y la Guerra Civil española fueron un golpe del que difícilmente se repusieron. Su confianza en el hombre, hija de la Ilustración en la que se habían educado, quebró en muchos casos. Ortega se cuestionó entonces el papel del intelectual y llegó a la conclusión de que lo único que se podía hacer era, en puridad, callarse. El intelectual era para Ortega el hombre que siempre se afana por buscar la verdad, que no vive plenamente si no es preguntándose por el ser de las cosas e intentando encontrar alguna respuesta. “El Otro” es el que se conforma con las cosas tal y como se le presentan sin hacerse cuestión de las mismas. “El Otro” no entiende al intelectual, y éste no entiende al Otro, no entiende como se puede vivir en el mundo sin buscar la verdad, esa indiferencia le parece una vida falsa. Muchos intelectuales se habían preocupado de denunciar la falsedad del mundo de entreguerras y habían propuesto cauces para ir, en política, a un mundo más justo, pero las vías intermedias de poco valían ante las propuestas totalitarias que vendían paraísos inmediatos.
    Ortega vivió siempre una lucha interna entre su interés por ser un hombre con influencia social, capaz de marcar el devenir histórico de su país desde sus posición de intelectual, y el placer de encerrarse en sus lecturas, sus pensamientos y sus clases. Los primeros envites políticos de principios del siglo XX desembocaron en el fracaso de la Liga de Educación Política Española y en el abandono de la revista España y del Partido Reformista. Como respuesta a estas contrariedades, Ortega buscó el refugio de una revista unipersonal, El Espectador, que pretendía conseguir un público minoritario, pero fiel, que le permitiese sacarla a la venta cada dos meses. Ni que decir tiene que el proyecto quedó muy menguado y El Espectador fue saliendo como pudo a lo largo de casi veinte años, y sólo alcanzó ocho números. El título es ya muy significativo del primer golpe que había creado en el alma orteguiana el roce con la política diaria. Ortega, en El Espectador, renunciaba a ser un intelectual influyente en la política de su nación y se presentaba como un pensador que simplemente quería mirar su entorno y reflejar sus ideas sobre el papel, para que aquellos que conservasen una parte antipolítica en su espíritu pudieran leerle. El Espectador parecía querer pasar sin molestar, susurrando al oído de unos oyentes próximos, pero Ortega en su fondo insobornable no se atrevía a renunciar a la labor pedagógico-política que se había propuesto en su juventud. Las propias páginas de los dos primeros Espectadores (1916 y 1917) eran ya un mirar intencionado que clamaban contra el plebeyismo triunfante. Y es que a la postre la mirada filosófica que Ortega echaba al mundo con afán de comprenderlo llevaba en sí un ineluctable proyecto de reforma política del mismo, que se movía en dos niveles, uno esencial, muy en el talante de sus amigos de la Institución Libre de Enseñanza y de la Residencia de Estudiantes, la reforma del hombre, y otro secundario pero de mayor inmediatez, la transformación de la realidad política, que traducía en un cambio de régimen porque todo estaba “bajo el arco en ruina”. Había que ir a unas Cortes Constituyentes que modificaran la Constitución en un sentido más democrático.
    Junto a los dos pilares de la política social y de la reforma constitucional, el tercer pilar de las propuestas políticas de Ortega era la estructuración de España en un estado autonómico, en el que las distintas regiones asumiesen funciones legislativas y ejecutivas. El filósofo, metido a articulista de El Sol, pretendía de este modo acercar la política al ciudadano para que éste la sintiese como algo propio y, al mismo tiempo, que se creasen grandes capitales regionales que sirvieran para ir poniendo algunos toques de altura cultural y política en el vetusto provincianismo español. Hoy la gente no sabe cuánto debe a Ortega el actual Estado autonómico. Unos cuantos hombres de distintas tendencias políticas lo habían leído con interés y fruto y llevaron sus ideas a la Constitución de 1978. ¡Hay desconocimientos muy caros e injustos!
    La lucha política de Ortega contaba con el estilete de una pluma afilada que de vez en cuando hacía crujir las entrañas del régimen. Todo el mundo sabía de quién eran los agudos editoriales de El Sol. Eran muchos los que seguían y comentaban sus artículos políticos, que además iban apareciendo paralelamente a una obra de gran calado filosófico, igualmente publicada en la prensa, que también se seguía con atención. El peso intelectual de Ortega en la España de principios de los años Veinte era enorme. Sus sacudidas a los inestables gobiernos posteriores a la grave crisis política de 1917 fueron muy duras. Ortega, como en 1914, seguía estando por la ruptura con los políticos de la Restauración. Sus elogios a las Juntas de Defensa y su silencio ante el golpe de Estado del general Miguel Primo de Rivera, pronto superado por una política consejeramente crítica desde las páginas de El Sol, fueron un error de perspectiva, porque Ortega les otorgaba a estos dos movimientos el papel de barrenderos de la vieja política sin preocuparse de sobre qué arena se iba a construir después la nueva política. Por eso, en 1930, ante la insistencia de algunos de sus jóvenes discípulos, no le quedó más remedio que aceptar que la Monarquía había fenecido y que había que construir un nuevo Estado republicano, al que contribuyó con su Agrupación al Servicio de la República y su presencia en las Cortes Constituyentes, en las que pronunció algunos discursos de gran envergadura política, especialmente aquellos en que definió con acierto los conceptos de autonomía y federación, apostando por la constitución de un Estado autonómico.
    Es sabido que pronto se desilusionó de la política republicana y quiso rectificar el rumbo de la República, pero eran tiempos de masas, de política de masas, como él bien había analizado, y ya no cabían las prédicas solitarias sino la organización institucional para la que él no estaba preparado ni dispuesto, a pesar de que hizo algún intento de fundar un Partido Nacional. Debió sentir entonces una cierta frustración por el fracaso de su proyecto político, no sólo del inmediato sino de cuanto en éste había de las ideas que venía defendiendo públicamente desde los albores del siglo. La posición de Ortega era demasiado centrada y ecléctica para una Europa que andaba en frentes y totalitarismos de uno y otro bando.
    No sería cierto decir, no obstante, que Ortega se refugió del fracaso de su política en su quehacer filosófico aunque los años que van desde 1932 hasta la Guerra Civil son inmensamente productivos. Ortega nunca había abandonado su obra filosófica sino que por el contrario sintió siempre la dedicación a la política como un estorbo para su verdadera vocación de filósofo. Las Meditaciones del Quijote habían sido sólo una muestra de un pensamiento que se venía esparciendo por la prensa española y argentina y que había encontrado una de sus formas más elaboradas en El tema de nuestro tiempo (1923). Como las Meditaciones del Quijote, el nuevo libro tenía mucho de esbozo y de proyecto, pues Ortega más que construir su filosofía lo que hacía era mostrar los síntomas del tiempo nuevo, que se presentaban como una nueva sensibilidad, la cual rechazaba el idealismo filosófico y político de la modernidad y quería anclarse en la vida sin renunciar al gran descubrimiento de la razón pura, pero matizándolo desde la vitalidad. Ortega no caía en un irracionalismo vitalista, sino que luchaba contra el relativismo en pro de una verdad que no renunciase a entender la vida como una realidad cambiante, que es en el fondo historia. Si la razón vital era la nueva forma que debía adoptar la filosofía, ésta no podía entenderse sino como razón histórica en cuanto el hombre es un ser biográfico, pero Ortega todavía sólo había pespunteado su filosofía y muchas de estas ideas quedaban en el aire sin mayor precisión, que vendrá en los años sucesivos.
    A Ortega le faltaban en 1923 algunos de los rudimentos que serán esenciales en su filosofía posterior como la superación de la ontología tradicional por la comprensión de que el ser es la vida de cada cual y, por tanto, un ser que no lo es en el sentido clásico de la filosofía, porque no es suficiente ni estático, sino dinámico e indigente, pues es histórico en su ir haciéndose y está compuesto por el yo y la circunstancia, que dependen el uno de la otra y viceversa. No se puede entender el yo fuera de una circunstancia ni ésta es si no aparece en relación con un yo como presencia o como latencia. Estos descubrimientos los irá Ortega comprendiendo en los años posteriores de la década de los Veinte y encontrarán su expresión en varios cursos que dio en Buenos Aires y Madrid a partir de 1928 y hasta la Guerra Civil (Meditación de nuestro tiempo, ¿Qué es filosofía?, ¿Qué es conocimiento?, Unas lecciones de metafísica, En torno a Galileo). Aquí su filosofía se presentaba ya de forma mucho más clara como el intento de superar el idealismo moderno sin caer en el realismo ni en el relativismo. Ortega pensaba que los conceptos esenciales de la filosofía debían ser sustituidos por los descubrimientos de su filosofía raciovitalista: donde antes se decía ser, ahora había que decir la realidad radical de cada vida humana; donde se decía existir, había que decir vivir; donde se decía coexistencia, había que decir convivencia.
    Ortega, como Descartes, buscaba una realidad donde apoyar las verdades de la vida, pero, frente a éste, no salía de la duda metódica afirmando que la realidad primera de la que puede partir la inteligencia humana es el pensamiento, más exactamente el pensamiento dudoso, sino que afirmaba que lo primero que el hombre encuentra cuando se pone a pensar en la realidad es a sí mismo viviendo, y que por tanto la realidad radical, aquélla en la que las demás realidades radican, es la vida humana de cada cual. Éste es el ser del que debe partir la filosofía, se dice Ortega. Su obra estuvo marcada desde mediados de los años Veinte por el intento de describir esa realidad radical y explicar su presencia, su modo de estar en el mundo. Para Ortega, lo primero que se puede decir de la vida es que es una fatalidad, porque nadie ha pedido la vida, sino que nos encontramos viviendo, arrojados a la existencia. Pero dentro de esa fatalidad, la vida es libre porque no se dos da hecha y cada uno tenemos que hacernos la propia. Es, por tanto, la libertad dentro de la fatalidad. La vida es un drama, un quehacer que da mucho qué hacer, porque uno no puede abandonarse a la existencia sino que necesita un mínimo de esfuerzo para sobrevivir.
    Lo que caracteriza la vida humana es estar puesta a algo. Ortega había encontrado en Aristóteles y en Leibniz la idea de que la vida es como un arquero que tiene un blanco. Se pregunta Aristóteles en la Ética a Nicómaco si no vamos a buscar nosotros un blanco para nuestras vidas cuando el arquero lo busca para su flecha, y Leibniz, que conocía bien el pensamiento aristotélico, entendió la vida como una vis activa, una fuerza encaminada hacia algo, hacia el futuro, por eso dirá Ortega que la vida es futurición, en el sentido de que está proyectada hacia delante. Esa proyección se hace desde un presente que es el futuro de un pasado previo, porque la vida es más que biología, biografía. El hombre, por tanto, dirá Ortega en una de las expresiones últimas de su filosofía, no tiene naturaleza sino que tiene historia, o lo que la naturaleza es a las cosas es la historia al hombre (vid. “Historia como sistema” y Sobre la razón histórica).
    Que el hombre es biografía, historia, quería decir para Ortega que es tal y cual cosa porque antes ha sido tal y cual otra, y esto en un sentido personal y en un sentido generacional, porque todo hombre va inmerso en un tiempo y en un espacio que se expresan por medio de las creencias vigentes en cada generación. Las creencias son, para Ortega, ideas que se han instalado en el sentir social, que propiamente no se tienen sino que son ellas las que nos sostienen a nosotros. En principio, las creencias no nos las cuestionamos salvo que hayamos dejado de creer en ellas, es decir, que hayan dejado de ser creencias. Entonces, intentamos alcanzar nuevas ideas desde las que poder vivir, porque todo hombre necesita una interpretación del mundo por tosca que ésta sea. Las épocas en que se cuestionan las creencias son épocas de crisis históricas. El hombre se queda entonces, por decirlo de algún modo, sin suelo donde apoyar sus pies. Ortega pensaba que la época que le había tocado vivir era una de esas épocas de crisis (vid. Ideas y creencias y En torno a Galileo).
    Lo que definía la crisis era para Ortega La rebelión de las masas, título que dio a una colección de artículos de periódico que juntó en libro en 1930 y que pronto se convirtió en un best-seller dentro y fuera de España. Ortega había encontrado la expresión que definía la época. El filósofo partía de un dato objetivo, el tremendo crecimiento de la población europea en el siglo XIX. Luego analizaba el hecho del lleno, de que todo estuviese lleno de gente: los cafés, los cines, los teatros... Eso le parecía a Ortega que no era normal unos cuantos años atrás aunque la población era más o menos la misma. Ahora la gente se había lanzado a la calle y empezaba a gozar de unos lujos que a muchos les habían estado vedados durante siglos –de un lujo en especial, el ocio, aunque esto no lo decía textualmente Ortega–. Este lleno significaba que había subido el nivel histórico, que la gente disponía ahora de un mayor bienestar que unos años atrás y se podía dedicar a gozar de la vida, por lo menos de algunos ratos de esparcimiento. Pero había que analizar bien el hecho porque también presentaba su cara negativa. La rebelión de las masas había dado lugar a un tipo de hombre, el hombre-masa, que tenía la psicología del niño mimado pues quería gozar de todo y se creía con derecho a todo pero no era capaz de entender el esfuerzo que el bienestar occidental de la década de los años Veinte suponía de progreso histórico y de acumulación de saber científico, de tecnología, de ciencia política... En este sentido, el hombre-masa era un salvaje que creía vivir rodeado de naturaleza y que la utilizaba bárbaramente sin darse cuenta de que lo que él consideraba naturaleza no era sino artificio, saber del hombre aplicado. La rebelión de las masas venía porque el hombre-masa se consideraba con derecho a todo sin preocuparse de si tenía o no deberes. Con este modo de estar en el mundo quería invadir todos los órdenes de la vida social e imponer su vulgaridad sin aceptar diferencias. Mas el problema no estaba sólo en el hombre-masa sino en unas minorías que habían hecho dejación de funciones, se habían vulgarizado y empezaban a vivir como hombres-masa porque renunciaban al esfuerzo de ser mejores, de idear nuevos gustos, de pensar nuevas formas de estar en el mundo, de imaginar nuevas instituciones para la convivencia social. Lo que diferencia al hombre-masa del hombre-egregio es que éste no se siente nunca plenamente satisfecho y siempre pretende idear un futuro mejor, mientras que el hombre-masa se siente satisfecho tal y como es, se siente satisfecho dentro de su vulgaridad porque ve que es la vulgaridad de todo el mundo y se siente cómodo siendo como todo el mundo. Por el contrario, el hombre-egregio quiere ser un individuo, desea ser sí mismo, un ser diferente a los demás, sin perjuicio de que pueda compartir con ellos gustos y valores. El hombre-egregio es un hombre que deja expresarse a su vocación y que se esfuerza por alcanzarla.
    A Ortega le preocupaba soberanamente el perfil que había adoptado la sociedad contemporánea. Las viejas creencias se habían desmoronado o se estaban desmoronando, incluida la fe en la ciencia y en el progreso que había sido la fe que había sustituido en la Edad Contemporánea a la fe en Dios. Sólo las maravillas que la técnica seguía produciendo hacían imposible ver en su justo término la verdadera crisis de creencias en que se vivía. Pero la técnica, como afirma en su Meditación de la técnica (1933), no es nada sin la ciencia, no es nada por sí misma, necesita de algo que esté más allá de ella, que sea epitécnico. Ese algo es la ciencia que nace del interés del hombre por conocer la verdad de las cosas, por explicar la realidad de las cosas con un afán de entender el mundo y hacerlo más cómodo al hombre. Si éste espíritu científico se perdía, si esa capacidad de ensimismamiento para encontrar la verdad que está en el substrato de toda ciencia se perdía, Ortega estaba convencido de que en pocas generaciones la civilización occidental caería en la barbarie, porque la técnica es sólo el lado utilitario de la ciencia. El hombre-masa de la época, que provenía del tecnicismo del siglo XIX, era sólo capaz de apreciar lo que la técnica le ofrecía de bienestar material, pero no entendía que detrás de la misma había un esfuerzo gratuito. Lo mismo sucedería en el plano político, y el hombre-masa pondría fin a la democracia liberal de la que provenía.
    Desde muy joven Ortega había intentado trasmitir a sus alumnos la idea de que lo que verdaderamente merece la pena de aprenderse, no puede el profesor explicarlo, porque es más bien un talante o un gusto por alcanzar la verdad de las cosas. A pesar del atractivo que tuvo para él en sus años mozos la pedagogía social de Natorp, tan platónica, tan socialista, tan reglamentada, en esos mismos años Ortega quería ya oponer a la pedagogía de su maestro alemán una pedagogía del paisaje, que tenía en la Institución Libre de Enseñanza un entronque directo. Al niño, habían entendido Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, lo mejor que se le podía enseñar es a ver un paisaje, a fijarse en las variedades del color del cielo, de los tonos de la tierra, en la presencia austera de una casa en medio del páramo, en la recia silueta de la torre de una iglesia, en el blanco pasear de un rebaño de merinas y la cabizbaja espera del pastor, en el verde negrizo de los pinos en invierno y en el dorado sonar de los álamos en otoño... Así el niño estudiaba de un vistazo física, matemáticas, biología, historia, política, arte y filosofía, con sólo aprender a mirar a través de la sugerencia inteligente del maestro.
    Lo más que puede hacer el profesor, pensaba Ortega, es contaminar a sus alumnos con el placer de la filosofía, del amor al saber, de la fruición por alcanzar la verdad de las cosas y entenderla. A esto Ortega lo llamaba la pedagogía de la contaminación o de la alusión. En las Meditaciones del Quijote, decía que quien de verdad quiera enseñarnos una verdad que no nos la diga, que nos señalase el camino para llegar a ella, para que cada uno de nosotros seamos capaces de acercarnos a la verdad por nosotros mismos. Una de las frases que más le gustaba repetir a Ortega era la del Quijote: preferimos el camino a la posada, y también citaba con frecuencia unos versos de Goethe: somos de aquellos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran.
    Ortega estuvo siempre en el camino de la verdad y construyó una filosofía que nos permite entender mucho mejor qué es el hombre y cuál es su papel en el mundo. Posiblemente no fue capaz de redondear su metafísica y dudó seriamente de la verdad de su filosofía –quizá por eso no concluyó ninguno de los grandes libros en los que trabajó después de la Guerra Civil–, pero esto, más que empequeñecer su figura, lo que hace es presentarla con lo mejor que puede enseñar el filósofo en esa exhibición que hace de su intimidad, su honradez. Como él mismo decía de Max Scheler, Ortega fue un embriagado de esencias que quiso tocar con la luz de su filosofía todo lo que entraba en su circunstancia. Sobre algunas cuestiones echó un chorro de luz.
    Una de esas cuestiones es su meditación de la misión que debía cumplir la universidad, que plasmó en una conferencia, varios artículos y un libro en 1930 con el título Misión de la universidad. La universidad era para Ortega un elemento esencial dentro de una sociedad moderna y debía ser un potente poder espiritual. La reforma universitaria, como la política, no se podía quedar sólo en la corrección de los abusos, sino que tenía que ir a la creación de nuevos usos. Primero había que tener claro qué era la universidad. Según Ortega, ésta cumplía dos funciones: 1) enseñar las profesiones que necesitaban de un esfuerzo intelectual y 2) desarrollar la investigación y preparar nuevos investigadores. Ésta última función –en contradicción con el análisis que había hecho en su juventud de la universidad alemana– no le parecía ahora el punto central de la universidad y no era, por tanto, su misión. La misión de la universidad era para Ortega enseñar al estudiante medio a ser un hombre culto y un buen profesional. Para hacer del estudiante medio un hombre culto había que enseñarle las grandes disciplinas: física –aquí Ortega incluía la matemática–, biología, historia, sociología –no lo que hoy se entiende por esta ciencia, sino el estudio del hombre en sociedad o política– y filosofía. La cultura era para Ortega algo más que un montón de conocimientos eruditos, era el sistema vital de las ideas de cada tiempo desde las que el hombre vive, las cuales no son predominantemente científicas. Ortega proponía como núcleo de la universidad una Facultad de Cultura, en la que el estudiante aprendería esas ideas del tiempo desde las que se podría construir su visión del mundo.
    Por otro lado, para hacer del estudiante medio un buen profesional había que transmitirle conocimientos sobrios, inmediatos y eficaces. Al estudiante medio sólo se le podía exigir aquello que en la práctica podía aprender. No tenía sentido llenar su cabeza de contenidos que difícilmente podría asimilar y que pronto olvidaría. La nueva universidad no perdería el tiempo en intentar que el estudiante medio fuera un científico. Una vez reducido el aprendizaje al mínimo exigible en cantidad y calidad, la exigencia al alumno sería máxima.
    Para el estudiante medio, Ortega proponía una nueva pedagogía sintética, sistémica y completa, que fuera capaz de transmitirle los conocimientos científicos de forma comprensible. Esta pedagogía sería el fundamento de la universidad y, por eso, los profesores serían seleccionados más por su capacidad pedagógica que por su talento científico. Los científicos estaban obligados a hacer un esfuerzo de síntesis si querían que la ciencia fuese compatible con la vida, porque la vida no puede esperar a las explicaciones de la ciencia, pues es siempre urgencia, es tener que resolver problemas del momento.
    La ciencia era sustituida en la universidad que proponía Ortega por la cultura, que es un sistema integral, completo y claramente estructurado, capaz de dar respuesta al hombre sobre sus necesidades vitales, aunque sus verdades no sean científicas. Ortega proponía que la ciencia quedara en el dintorno de la universidad. Los estudiantes más inteligentes participarían en laboratorios, seminarios y centros de discusión que se crearían alrededor de la universidad. Ciencia y universidad no eran dos ámbitos inconexos, pero sus misiones eran distintas y debían estar claramente separadas porque se hacía un enorme daño al intentar convertir al estudiante medio en un científico, para lo que se requiere una vocación peculiarísima, y además se incumplía la misión de la universidad.
    Ortega era consciente de que el progreso de una sociedad dependía en buena medida de la dedicación de una parte de sus hombres a la ciencia, y sabía que la universidad tenía que estar abierta al aire público y no encerrada en sí misma. Cuando negaba que la ciencia fuese el núcleo de la universidad, lo hacía porque se había dado cuenta de la necesidad de que la universidad girase en torno al alumno. Había que partir del estudiante, de lo que éste es y de lo que necesita saber para vivir y ejercer bien su profesión. La mayoría de los estudiantes no tenía una vocación científica. La universidad debía promoverla, pero no debía considerar a todos los estudiantes como potenciales científicos. Como ya se ha dicho, los estudiantes inclinados hacia la investigación participarían en seminarios y laboratorios, los cuales estarían en el dintorno de la universidad. Estos lugares, donde se haría la ciencia, irradiarían su saber a la universidad. Muchos de sus investigadores serían al mismo tiempo profesores, pero teniendo en cuenta que para su función docente serían seleccionados según su capacidad para transmitir conocimientos de forma que pudiesen ser entendidos por los estudiantes, especialmente por aquellos estudiantes de tipo medio no inclinados a la investigación. Era lo que Ortega llamaba el principio de la economía de la enseñanza: enseñar con todo rigor aquello que humanamente puede aprender un buen estudiante medio.
    El filósofo daba un paso más y consideraba que los estudiantes debían participar en la dirección del orden interno de la universidad, que debían considerar su casa y no la del profesor. Su función no era sólo la de oyentes, sino que tenían que mostrarse activos y, a la postre, hacer ellos mismos la universidad, asegurar el decoro de los usos internos e imponer el orden, del que ellos mismos se deberían sentir responsables.
    La universidad, además, debía dejar de ser algo de que sólo pudiesen disfrutar las clases acomodadas. Había que crear las condiciones para que las clases obreras pudiesen acceder a la universidad. Ortega dejaba el tema casi intacto, como el mismo reconocía, porque consideraba que no era tanto un problema de la universidad como del Estado, y en la España de los años Treinta sólo una gran reforma del Estado –que Ortega estaba planteando en la prensa desde hacía años, como hemos visto– haría efectivo el acceso de los obreros a las aulas universitarias. La pedagogía tenía en Ortega, desde su juventud, un fundamento político. Era partidario de extender la educación a todo el mundo: que todo el mundo tuviera acceso al estudio y que aquellos que destacasen, aunque no tuviesen medios económicos, pudieran acceder a la educación superior y a la investigación ayudados por el Estado. Esto lo decía un catedrático de Metafísica en la España de los años Treinta varias décadas antes de que los hijos de las clases obreras pudieran acceder a la educación universitaria.
    Buena parte de la labor de Ortega en la España de la primera mitad del siglo XX estuvo ligada a difundir la cultura. Podríamos decir sin jugar en exceso con las palabras que Ortega fue toda una Facultad de Cultura. Desde muy joven se preocupó por iniciativas guiadas por este afán. Una de las primeras, aunque no llegó a ponerse en práctica, fue la que le propuso a su padre en 1906 para que se promoviese desde la nueva Sociedad Editorial de España que reunía a tres de los más importantes diarios madrileños y a varios de provincias. Ortega quería fundar una “Biblioteca de Cultura” en la que se publicarían los principales estudios del momento. La idea iba acompañada del propósito de que se constituyese paralelamente una especie de sociedad de conferencias que se encargaría de difundir el pensamiento más actual a lo largo y ancho de España por medio de los científicos y sabios españoles más prestigiosos. Ortega pensaba, por ejemplo, en Santiago Ramón y Cajal, Marcelino Menéndez Pelayo, Benito Pérez Galdós, Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Miguel de Unamuno, Eduardo de Hinojosa y Ramón Menéndez Pidal. En la necesidad de esa biblioteca científica insistirá en 1908, diciendo que su dirección debería encargarse al historiador Eduardo de Hinojosa.
    Transcurrieron muchos años hasta que Ortega pudo poner en marcha estas ideas, pero poco a poco todas fueron cuajando de un modo u otro. A partir de 1917 el diario El Sol, del que Ortega era el director espiritual, incorporará secciones especializadas desde las que se iban mostrando los avances de las distintas ciencias. Dos años más tarde se constituirá la editorial Calpe, poco después unida a Espasa, en la que Ortega tendrá mucha mano para la recomendación de autores y de traducciones. Él mismo dirigirá la “Biblioteca de ideas del siglo XX”, en la que aparecerán algunos de los libros más importantes de la primera mitad del siglo. Espasa-Calpe consiguió editar muy buenos libros a precios baratos, de forma que la cultura se hacía accesible a mucha más gente. Unos años después, en 1923, Ortega funda la Revista de Occidente y al año siguiente la editorial del mismo nombre. En ambas aparecerán muchas de las principales plumas españolas e internacionales del momento. Basta echar un vistazo a cualquier número de la Revista de Occidente de antes de la Guerra Civil para darse cuenta de la enjundia que cabía en sus páginas, en las que se trataban los temas más variados de arte, de literatura y de las más diversas ciencias. Era una revista equiparable a cualquiera de las mejores del mundo, hecha con muy pocos medios pero con una gran calidad intelectual y formal.
    Ortega, no obstante, no estaba sólo en este esfuerzo cultural. En muchas de las iniciativas sus ideas entroncaban directamente con gentes que provenían de la Institución Libre de Enseñanza. Por ejemplo, desde su fundación en 1910 Ortega era miembro del comité directivo de la Residencia de Estudiantes, ligada jurídicamente a otra institución con la que Ortega colaboró estrechamente, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas. Desde estas instituciones se promovieron algunos de los proyectos de mayor envergadura intelectual de España. Por ejemplo, dando forma a una idea que Ortega había mostrado en su juventud, en 1924 se constituyó la Sociedad de Cursos y Conferencias de la Residencia de Estudiantes, que permitió invitar a España a algunos de los científicos más importantes de la época como Albert Einstein o madame Curie y a literatos como Paul Valèry.
    Cuando Ortega empezaba a aparecer por la vida pública a principios de siglo, Antonio Machado, que le trataba de maestro, le dijo en carta privada que era “el gran capitán”. Sí, el gran capitán de la cultura española del siglo XX y una de las mentes más lúcidas que ha dado España, ideador de numerosos proyectos intelectuales, azuzador de las ideas políticas de su tiempo y constructor de una metafísica de la razón vital e histórica, que toma como base la vida. Una metafísica hecha para la vida humana, pensada para aportar un grano de arena más a la experiencia acumulada de la historia que permitirá al hombre estar de una forma más digna en el mundo.


    Javier Zamora Bonilla 

    sábado, 26 de abril de 2014

    Nietzsche, videos

    Antes de empezar con los apuntes visiona ambos documentales.


    Exámenes Nietzsche, 2010, 2013


    Nietzsche: Sobre verdad y mentira en sentido extramoral.

    ¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias,



    antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido

    realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado

    uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las

    que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible,

    monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas, sino

    como metal.

    No sabemos todavía de dónde procede el impulso hacia la verdad, pues hasta ahora

    solamente hemos prestado atención al compromiso que la sociedad establece para existir: ser

    veraz, es decir, utilizar las metáforas usuales; por tanto, solamente hemos prestado atención,

    dicho en términos morales, al compromiso de mentir de acuerdo con una convención firme,

    mentir borreguilmente, de acuerdo con un estilo vinculante para todos. Ciertamente, el

    hombre se olvida de que su situación es ésta; por tanto, miente de la manera señalada

    inconscientemente y en virtud de hábitos seculares –y precisamente en virtud de esta

    inconsciencia, precisamente en virtud de este olvido, adquiere el sentimiento de la verdad-. ”




    CUESTIONES:
    1.- Exponga el problema que se plantea en el texto, indique las ideas principales y señale la

    consistencia de sus argumentos y conclusiones. (Valoración: 0 a 2,5 puntos)

    2.- Analice y explique el significado de los términos o expresiones subrayados, mostrando su

    sentido. (Valoración: 0 a 2,5 puntos)

    3.- Nietzsche: Lo apolíneo, lo dionisíaco y el problema de Sócrates. (Valoración: 0 a 2,5

    puntos)

    4.- Exponga el contexto histórico de Friedrich Nietzsche y señale las relaciones de semejanza

    o diferencia de su filosofía con otros autores, corrientes filosóficas o épocas.

    (Valoración: 0 a 2,5 puntos).


    EJERCICIO B
      
    F. Nietzsche: Sobre la verdad y mentira en sentido extramoral.


    “El mentiroso utiliza las designaciones válidas, las palabras, para hacer aparecer lo irreal

    como real; dice, por ejemplo, “soy rico” cuando la designación correcta para su estado de ánimo

    sería justamente “pobre”. Abusa de las convenciones consolidadas haciendo cambios

    discrecionales, cuando no invirtiendo los nombres. Si hace esto de manera interesada y que además

    ocasiones perjuicios, la sociedad no confiará ya más en él y, por este motivo, lo expulsará de su

    seno. Por eso los hombres no huyen tanto de ser engañados como de ser perjudicados mediante el

    engaño; en este estadio tampoco detestan en rigor el embuste, sino las consecuencias perniciosas,

    hostiles, de ciertas clases de embustes. El hombre nada más que desea la verdad en un sentido

    análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de las verdad, aquellas que mantienen

    la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las

    verdades susceptibles de efecto perjudiciales o destructivos”.
    CUESTIONES:
     
    1. – Sitúe el texto en su contexto histórico-filosófico, identifique el problema a que

    responde y su temática, y exponga la o las tesis que sustenta y los argumentos que

    emplea. (Valoración: de 0 a 2,5 puntos)

    2.- Analice y explique el significado de los términos o expresiones subrayados,

    mostrando su sentido. (Valoración: de 0 a 2,5 puntos)

    3.- La crisis de la razón ilustrada: Nietzsche. Lo apolíneo, lo dionisíaco y el problema

    de Sócrates. (Valoración: de 0 a 2,5 puntos)

    4.- Exponga las relaciones de semejanza o diferencia de Nietzsche con otro autor o

    corriente filosófica. (Valoración: de 0 a 2,5 puntos)

    nietzscheana