RASM 6,5
DAF 6,25
MBR 9
YBF 6,5
PBG 10
MEG 8,75
YGG 8
CGM 9,25
CGC 6
JLG 4
MMC 9,25
AMS 6,25
AML 5
CPP 6
JMPG 3,25
SPG 8,75
MRD 9,5
MRF 7
FRL 5,5
RRS 5,5
MRC8,25
MRR 7,75
NSC 7,5
ISP 4,75
jueves, 11 de diciembre de 2014
domingo, 7 de diciembre de 2014
2º parcial, 1ª evaluación Filosofía.
1) Los conceptos universales
2) La diferencia entre apariencia y realidad
3) Realidad: ¿materia y/o espíritu?
4) Diferentes sentidos de la verdad
5) La verdad referida al conocimiento: verdad como coherencia y como adecuación y correspondencia
6) Criterios de verdad
7) Objetivos de la ética
8) Características de la acción moral
9) Funciones de la conciencia moral
10) Características de los valores morales
11) Los "mínimos éticos universales"
12) Concepto y objeto de la filosofía política
13) ¿Necesidad de la existencia del Estado?
14) La Modernidad: el contractualismo clásico
15) El neocontractualismo
2) La diferencia entre apariencia y realidad
3) Realidad: ¿materia y/o espíritu?
4) Diferentes sentidos de la verdad
5) La verdad referida al conocimiento: verdad como coherencia y como adecuación y correspondencia
6) Criterios de verdad
7) Objetivos de la ética
8) Características de la acción moral
9) Funciones de la conciencia moral
10) Características de los valores morales
11) Los "mínimos éticos universales"
12) Concepto y objeto de la filosofía política
13) ¿Necesidad de la existencia del Estado?
14) La Modernidad: el contractualismo clásico
15) El neocontractualismo
jueves, 13 de noviembre de 2014
lunes, 10 de noviembre de 2014
Los 100 textos científicos más citados de la historia
Las referencias, en las que un texto se remite a un trabajo anterior, son el medio estandarizado por el cual un autor reconoce la fuente de su metodología y sus ideas, pero también sirven para determinar a grosso modo la importancia de un estudio.
"No obstante", le aclara Van Noorden a BBC Mundo, "ningún estudio logrará cientos de referencias a menos que sea verdaderamente influyente".
Al final, lo mejor para que otros investigadores incluyan una referencia bibliográfica a tu trabajo es "escribir una monografía que lean y en la que confíen muchos otros científicos", dice Van Noorden.
En síntesis, es hacer investigaciones que valgan la pena.
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/11/141110_100_textos_cientificos_mas_citados_lp.shtml?ocid=socialflow_twitter
"No obstante", le aclara Van Noorden a BBC Mundo, "ningún estudio logrará cientos de referencias a menos que sea verdaderamente influyente".
Al final, lo mejor para que otros investigadores incluyan una referencia bibliográfica a tu trabajo es "escribir una monografía que lean y en la que confíen muchos otros científicos", dice Van Noorden.
En síntesis, es hacer investigaciones que valgan la pena.
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/11/141110_100_textos_cientificos_mas_citados_lp.shtml?ocid=socialflow_twitter
Examen filosofía 1ª evaluación 2014-2015
1) El Mito de Prometeo
2) Definición de saber racional (6)
3) Del mito al logos
4) El período metafísico de la filosofía (12-13)
5) Las relaciones entre la razón y la fe
6) La revolución científica
7) La Modernidad
8) Tareas de la filosofía para Kant
9) Características de la filosofía
10) Funciones de la filosofía
11) Definición de ciencia
12) Naturaleza y características de la ciencia
13) Clasificación de los saberes científicos
14) La estructura de la ciencia: ley, teoría, sistema
15) Método deductivo
16) Método inductivo
17) Método hipotético-deductivo
18) La filosofía de la ciencia
19) Relación entre técnica y ciencia
20) La teología como otro modo de saber
21) El sistema de Ptolomeo
22) Ágora, el papel de la mujer en la ciencia
23) ¿Qué es el falsacionismo?
24) ...
2) Definición de saber racional (6)
3) Del mito al logos
4) El período metafísico de la filosofía (12-13)
5) Las relaciones entre la razón y la fe
6) La revolución científica
7) La Modernidad
8) Tareas de la filosofía para Kant
9) Características de la filosofía
10) Funciones de la filosofía
11) Definición de ciencia
12) Naturaleza y características de la ciencia
13) Clasificación de los saberes científicos
14) La estructura de la ciencia: ley, teoría, sistema
15) Método deductivo
16) Método inductivo
17) Método hipotético-deductivo
18) La filosofía de la ciencia
19) Relación entre técnica y ciencia
20) La teología como otro modo de saber
21) El sistema de Ptolomeo
22) Ágora, el papel de la mujer en la ciencia
23) ¿Qué es el falsacionismo?
24) ...
domingo, 26 de octubre de 2014
¿Bibliografía?
¿Dónde está la gran filosofía?
La filosofía ha desertado de su misión de proponer un relato totalizador a la sociedad.
La Universidad se ha quedado sin iniciativa.
La orfandad teórica ha permutado en la historia o la crítica a la modernidad.
Este artículo no es un artículo sino un telegrama que mando a los lectores. No caeré en la tentación de agotar el limitado espacio disponible con nombres de filósofos y títulos de libros. Citaré sólo unos pocos para ilustrar la tesis principal. Y no mencionaré a los españoles porque a todos me los encuentro en el ascensor. Y no porque hubiera decir de ellos cosas poco amables. Todo lo contrario: es una desconcertante paradoja que la ausencia de gran filosofía coincida en el tiempo con la generación de profesores de filosofía más competente, culta y cosmopolita que ha existido nunca, al menos en España, y yo ante ellos, de los que tanto he aprendido, me descubro con admiración. En todo caso temería encontrarme en el ascensor sólo a los no citados.
1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.
Esta función retórica de la filosofía es algo que, por desgracia, ha ido echando al olvido la filosofía contemporánea acaso por el vano achaque de querer parecerse a la ciencia. Los dos últimos libros de filosofía realmente influyentes, Teoría de la justicia de Rawls (1971) y Teoría de la acción comunicativa de Habermas (1981), son ambos piezas literariamente muy negligentes, áridas, técnicas, secas y demasiado prolijas, que reclaman un lector especializado y muy paciente dispuesto a acompañar al autor en todos los tediosos meandros intermedios que preceden a las conclusiones, ciertamente susceptibles de ser presentadas con mayor claridad, brevedad y atractivo. Lejos quedan los tiempos en que los filósofos —Russell, Sartre— merecían el premio Nobel de Literatura.
2 Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser circunstanciales.
La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind (1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.
3 En ausencia de gran filosofía, lo que con el nombre de filosofía encontramos en estos últimos treinta años se compone de una variedad de formas menores que serían estimables y aun encomiables si acompañaran a la forma mayor pero que, sin el marco comprensivo general que sólo ésta suministra, acusan la insuficiencia de dicha orfandad teórica.
La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.
Esta aproximación revisionista se torna programa en el “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela— y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.
Cercana a esta forma de filosofía y a veces indistinguible de ella estaría esa literatura, hoy todo un género, que pronuncia una solemne sentencia condenatoria contra la modernidad en su conjunto. Como es evidente que la sociedad democrática, al menos en el último medio siglo, ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano sin parangón con tiempos anteriores, la actual filosofía hermenéutica heredera de Nietzsche-Heidegger, por un lado, o aquella de raíz marxista en la estela de Dialéctica de la Ilustración de Adorno-Horkheimer, Marcuse y la Escuela de Frankfurt, por otro, creen adivinar unos fundamentos ideológicos ocultos que estarían alienando taimadamente al ciudadano sin que éste lo supiera y, contra todas las apariencias, restituyéndolo a la antigua condición de súbdito. El Holocausto judío es traído al centro de la meditación filosófica como prueba del fracaso definitivo del proyecto moderno y hay quien como Giorgio Agamben —en su trilogía Homo sacer— se atreve incluso a proponer el campo de concentración nazi como paradigma del espíritu de las democracias contemporáneas. En el delta de esta impugnación total de la modernidad desembocan por igual, afluentes procedentes de la derecha y la izquierda, hermeneutas como Gianni Vattimo, fundador del “pensamiento débil”, y críticos posmarxistas de las ideologías como Antonio Negri, autor (con M. Hardt) de Imperio (2000). No raramente, la crítica a la modernidad adopta la modalidad de denuncia de un sistema capitalista que convertiría al ciudadano en consumidor enajenado, mayormente por culpa de las multinacionales, cuyas estrategias de dominación analiza Naomi Klein en No logo (2000). Escritos antisistema del prestigioso lingüista Noam Chomsky alimentan de contenido panfletos y libelos producidos por activistas y movimientos antiglobalización, algunos de gran difusión.
A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han llevado a una segunda madurez.
El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.
4 La tesis era que en estos últimos treinta años no ha habido gran filosofía por la deserción de su misión histórica consistente en proponer un ideal. Varios factores culturales parecen haber conspirado para causar este resultado deficitario.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.
La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo.
Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.
1 La misión de la filosofía desde sus orígenes ha sido proponer un ideal. La gran filosofía es ciencia del ideal: ideal de conocimiento exacto de la realidad, de sociedad justa, de belleza, de individuo.
En lo que se refiere ahora sólo al ideal humano (paideia), un repaso histórico urgente empezaría por Platón, que encontró en su maestro, Sócrates, la personificación de la virtud; Aristóteles introduce el hombre prudente; Epicuro, el sabio feliz; Agustín, el santo cristiano; Kant, el hombre autónomo; Nietzsche, el superhombre; Heidegger, el Dasein originario o propio… Un ideal muestra una perfección que, por la propia excelencia de un deber-ser hecho en él evidente, ilumina la experiencia individual, señala una dirección y moviliza fuerzas latentes. Los filósofos citados, y otros que podrían traerse, son pensadores del ideal y justamente eso hace grande su pensamiento y la lectura de sus textos perdurablemente fecunda. Esta observación enlaza con el segundo de los aspectos de la gran filosofía que deseo destacar.
La filosofía se asemeja a la ciencia en que, como ésta, su instrumento de trabajo son los conceptos. Pero los conceptos de las ciencias empíricas son verificados en los laboratorios o los experimentos. En cambio, nadie ha verificado nunca las proposiciones filosóficas de Platón. Si volvemos a Platón una y otra vez no se debe a que la verdad de su filosofía haya sido validada empíricamente sino a que su lectura sigue siendo de algún modo significativa. En esto la filosofía se hermana con la literatura, no con la ciencia: dado que la prueba explícita le está negada, el filósofo produce textos que han de convencer, de persuadir, de seducir, y en este punto en nada esencial se diferencia del literato que usa con habilidad los recursos retóricos para mover al lector y captar su asentimiento. De ahí que, en la abrumadora mayoría de los casos, la gran filosofía, pensadora del ideal en cuanto al contenido, suele ir aparejada a un gran estilo en cuanto a la forma. El filósofo es sobre todo, como el novelista, el creador de un lenguaje y el administrador de unas cuantas metáforas eficaces con las que manufactura un relato veraz —aunque inverificable— para el lector.
El filósofo produce textos que han de persuadir, de seducir, y en este punto, no se diferencia en nada del literato
2 Un genuino ideal aspira a ser una oferta de sentido unitaria, intemporal, universal y normativa. Ha de componer una síntesis feliz a partir de muchos elementos heterogéneos y aun contrapuestos. Además, debería estar dotado de intemporalidad y universalidad porque, aunque nacido en un contexto histórico concreto, siempre pretende tener validez para todos los casos y todos los momentos, por mucho que inevitablemente de facto quede relativizado por otros posteriores de signo opuesto. Por último, el ideal no describe la realidad tal como es —ése es el cometido de las ciencias— sino como debería ser y señala un objetivo moral elevado a los ciudadanos que reconocen en esa perfección algo de una naturaleza que es ya la suya pero a la vez más hermosa y más noble, como una versión superior de lo humano que despierta en quien la contempla un deseo natural de emulación. Que la realidad ignore la realización efectiva de un ideal en cuestión no desmiente la excelencia de éste sino sólo su falta de éxito histórico-social por razones que pueden ser circunstanciales.
La tesis aquí defendida dice que, en los últimos treinta años, la filosofía contemporánea ha desertado de su misión de proponer un ideal a la sociedad de su tiempo, el ciudadano de la época democrática de la cultura. La institución que durante varios siglos había sido la casa de la gran filosofía, la universidad, se ha quedado sin iniciativa en estos tres últimos decenios. La esplendorosa universidad alemana, otrora a la vanguardia del pensamiento europeo y fuente incesante de nuevos sistemas filosóficos, ha dado muestras preocupantes de pérdida de creatividad. La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana se ha apagado y ha sido sustituida por ensayos de entretenimiento, cultivados por esos mismos académicos doblados de divulgadores o por periodistas y profesionales que escriben sobre temas de actualidad económica, política, social, moral o sentimental, oportunamente confeccionados para complacer la curiosidad de un público mayoritario, no versado, en una alianza consumada hace poco entre el ensayo generalista y la industria editorial, dispuesta a explotar a escala global la demanda de un mercado de lectores potencialmente amplio. En esto, como en otras cosas relacionadas con la mercantilización de la cultura, la industria editorial de Estados Unidos ha sido pionera y extraordinariamente potente; allí es aún más marcada que en Europa la separación entre la sociedad y la universidad, la cual, replegada en su campus, propende al especialismo extremo. Por lo que a la filosofía se refiere, la academia norteamericana estuvo tradicionalmente dominada por la escuela del pragmatismo heredero de William James, por el positivismo analítico después y en el último cuarto de siglo —en un giro que denunció Allan Bloom en su resonante The Closing of American Mind (1987)— por el posestructuralismo y los cultural studies, alérgicos de suyo a la gran teoría humanista, integradora y universal que, entre unos y otros, permanece hoy sin dueño.
La vitalidad de la filosofía académica francesa o italiana ha sido sustituida por ensayos
de entretenimiento
La primera de estas formas se hallaría representada por la filosofía que hoy se practica mayoritariamente en la universidad, donde la filosofía se permuta por historia de la filosofía. Una filosofía indirecta, mediada por una tradición filosófica reverenciada y al mismo tiempo puesta del revés. Richard Rorty, Charles Taylor o Hans Blumenberg, tan distintos entre sí, representan la mejor versión de este modo vicario de filosofar. Es filosofía, incluso buena filosofía, pero no gran filosofía porque carece de intención propositiva, abarcadora y normativa, de una imagen del mundo completa y unitaria. En el ámbito académico se aprecia una resistencia, casi una negación de legitimidad, a enfrentarse a la objetividad del mundo directa y autónomamente, como hicieron los clásicos del pensamiento, sino sólo, precisamente, a través de una reinterpretación de esos mismos clásicos. Pensar es haber pensado. Todo está ya escrito, nada realmente nuevo cabe decir. No se trata ya de hablar de la vida, sino sólo de libros que hablaron de la vida: Marx, Nietzsche, Freud o Walter Benjamin.
Esta aproximación revisionista se torna programa en el “posestructuralismo”: la deconstrucción de Derrida, las arqueologías de Foucault, los retornos de Deleuze a Spinoza, Nietzsche o Bergson, o esa revolución poética que para Kristeva rompe la aparente unidad del pensamiento, entre otros nombres posibles, abrieron camino para una multitud de posteriores hermenéuticas del pasado que hoy llenan los anaqueles de las bibliotecas universitarias —tanto como escasean en las bibliotecas de las casas particulares, en parte porque parecen escritas en “gíglico”, el lenguaje inventado por Cortázar para Rayuela— y cuya originalidad reside en la constante revisión de la tradición filosófica desde el punto de vista de la lingüística, el psicoanálisis, el lacanismo, el marxismo, la crítica literaria, el feminismo o el poscolonialismo. Un exponente de este método híbrido, animado con ingredientes histriónicos que le han granjeado el buscado éxito mediático, sería la obra de Slavoj Zizek. Sin desdeñar esos mismos ingredientes, pero con mayor aliento filosófico, cabría emplazar aquí la abundante bibliografía de Peter Sloterdijk.
La consciencia nos hace libres, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general
A falta de un marco general, la filosofía echa mano ahora de esos socorridos “análisis de tendencias culturales” que nos explican no cómo debemos ser (ideal) sino cómo somos, las más de las veces expresado con un matiz reprobatorio: somos una sociedad-líquida (Zygmunt Bauman) o una sociedad-riesgo (Ulrich Beck). Por la misma razón, la filosofía ha experimentado recientemente un “giro aplicado”, uno de cuyos iniciadores fue el filósofo animalista Peter Singer. Ese giro supone el esfuerzo por determinar unas reglas éticas para sectores específicos de la realidad como el mercado (ética de la empresa), el cuerpo (bioética), el cerebro (neuroética), los límites de la ciencia y la tecnología, los animales o la naturaleza. En los últimos años la filosofía práctica ha disfrutado de mucha más atención general que la hermenéutica heredera de Gadamer y ha suscitado amplios debates entre los que destaca la contestación al liberalismo por el comunitarismo de las costumbres (Sandel, MacIntyre) y por el republicanismo de la virtud (Pocock, Pettit). Uno de los principales continuadores de Habermas ha sido Axel Honneth y su La lucha por el reconocimiento (1992); también a Rawls le han salido muchas secuelas, siendo una de las últimas el “enfoque de las capacidades” desarrollado por la polígrafa Martha Nussbaum, quien asimismo ha contribuido a los estudios feministas y posfeministas que filósofas como Nancy Fraser, Seyla Benhabib o Judith Butler han llevado a una segunda madurez.
El vacío dejado por la gran filosofía y por sus propuestas de sentido para la experiencia individual es llenado ahora por ensayos de corte existencialista de un estilo muy francés: Luc Ferry, Lipovetsky, Finkielkraut, Onfray, Comte-Sponville. En una línea cercana, pero degradada, reclaman la atención de los lectores usurpando a veces el nombre de filosofía títulos de sabiduría oriental, libros de autoayuda que recomiendan positividad para superar las adversidades y recetarios voluntaristas emanados por las escuelas de negocio.
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido, a veces, en nombre de una utopía
Los crímenes contra la humanidad perpetrados por los totalitarismos se han cometido con harta frecuencia en nombre de una utopía, como señaló con énfasis Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, lo cual ha inoculado al hombre actual esa insuperable alergia hacia lo utópico que destila Günther Anders en La obsolescencia del hombre. Por otro lado, la condición posmoderna sospecha de los llamados grands récits que se quieren unitarios (Lyotard), siendo el ideal filosófico indudablemente uno de esos desautorizados grandes relatos, de manera que el prefijo “pos” que caracteriza el presente (posmoderno, posestructuralista, poshistórico, posnacional, posindustrial) incluye también una posteridad al ideal y su resignada renuncia sería el precio exigido por ser libres e inteligentes. Por último, se insiste en que la complejidad de las democracias avanzadas de carácter multicultural no se deja compendiar en un solo modelo humano, a lo que se añade que, por su parte, las ciencias se han especializado tanto que resulta iluso cualquier intento de síntesis unitaria. Los títulos de tres celebrados libros de Daniel Bell conformarían otros tantos eslóganes de la imposibilidad del ideal en el estado actual de la cultura: El fin de las ideologías, El advenimiento de la sociedad post-industrial y Las contradicciones culturales del capitalismo.
La consciencia nos hace libres e inteligentes, pero ¿y después? Quien hoy hace alarde de su resignación suele recibir el aplauso general. ¡Qué lúcido!, se dice de ese pesimista satisfecho, como si su fatalismo fuera la última palabra sobre el asunto, merecedor de ese ¡archivado! con que Mynheer Peperkorn zanja las discusiones en La montaña mágica de Thomas Mann. Pero el propio Mann en su relato favorito, Tonio Kröger, alerta sobre los peligros de ese exceso de lucidez que conduce a las “náuseas del conocimiento”, como las que estragan el gusto de esos espíritus delicados que saben tanto de ópera que nunca disfrutan de una función, por buena que sea, porque siempre la encuentran detestable. La hipercrítica es paralizante si seca las fuentes del entusiasmo y fosiliza aquellas fuerzas creadoras que nos elevan a lo mejor. Sólo el ideal promueve el progreso moral colectivo; sin él estamos condenados a conformarnos con el orden establecido. Preservar en la vida una cierta ingenuidad es lección de sabiduría porque permite sentir el ideal aun antes de definirlo.
Si, tras este hiato de treinta años, la filosofía quiere recuperarse como gran filosofía, debe hallar el modo de proponer un ideal cívico para el hombre democrático… y hacerlo además con buen estilo.
Javier Gomá Lanzón. Su último libro es Necesario pero imposible. Taurus, 2013. 296 páginas. 20 euros. Electrónico: 9,99.
Si te has quedado con las ganas puedes mirar el siguiente enlace:
Los 101 libros más importantes de filosofía
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Epicuro según Michel Onfray, la carta a Meneceo y una reseña de "Muchas felicidades" de García Gual, Gomá Lanzón y Savater
Epicuro, un remedio para la crisis
“Carta
a Meneceo” de Epicuro
Epicuro
a Meneceo, salud.
[122]
Nadie
por ser joven dude en filosofar ni por ser viejo de filosofar se hastíe. Pues
nadie es joven o viejo para la salud de su alma. El que dice que aún no es edad
de filosofar o que la edad ya pasó es como el que dice que aún no ha llegado o
que ya pasó el momento oportuno para la felicidad. De modo que deben filosofar
tanto el joven como el viejo. Éste para que, aunque viejo, rejuvenezca en
bienes por el recuerdo gozoso del pasado, aquél para que sea joven y viejo a un
tiempo por su impavidez ante el futuro. Necesario es, pues, meditar lo que
procura la felicidad, si cuando está presente todo lo tenemos y, cuando nos
falta, todo lo hacemos por poseerla.
[123]
Tú
medita y pon en práctica los principios que siempre te he aconsejado, teniendo
presente que son elementos indispensables de una vida feliz. Considera en
primer lugar a la divinidad como un ser viviente incorruptible y feliz, según
la ha grabado en nosotros la común noción de lo divino, y nada le atribuyas
ajeno a la inmortalidad o impropio de la felicidad. Respecto a ella, por el
contrario, opina todo lo que sea susceptible de preservar, con su
incorruptibilidad, su felicidad. Los dioses ciertamente existen, pues el
conocimiento que de ellos tenemos es evidente. No son, sin embargo, tal como
los considera el vulgo porque no los mantiene tal como los prescribe. Y no es
impío quien suprime los dioses del vulgo, sino que atribuye [124] a los dioses
las opiniones del vulgo, pues no son prenociones sino falsas suposiciones los
juicios del vulgo sobre los dioses. De ahí que los dioses provengan los más
grandes daños y ventajas; en efecto, aquellos que en todo momento están
familiarizados con sus propias virtudes acogen a quienes les son semejantes,
considerando como extraño lo que les es discorde.
Acostúmbrate
a pensar que la muerte nada es para nosotros, porque todo bien y todo mal
residen en la sensación y la muerte es privación de los sentidos. Por lo cual
el recto conocimiento de que la muerte nada es para nosotros hace dichosa la
mortalidad de la vida, no porque añada una temporalidad infinita sino [125]
porque elimina el ansia de inmortalidad. Nada temible hay en el vivir para
quien ha comprendido realmente que nada temible hay en el no vivir. De suerte
que es necio quien dice temer la muerte, no porque cuando se presente haga
sufrir, sino porque hace sufrir en su demora. En efecto, aquello que con su
presencia no perturba, en vano aflige con su espera. Así pues, el más terrible
de los males, la muerte, nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos,
la muerte no está presente y, cuando la muerte está presente, entonces ya no
somos nosotros. En nada afecta, pues, ni a los vivos ni a los muertos, porque
para aquéllos no está y éstos ya no son. Pero la mayoría unas veces huye de la
muerte como del mayor mal y otras veces la prefiere como descanso [126] de las
miserias de la vida. El sabio, por el contrario, ni rehúsa la vida ni le teme a
la muerte; pues ni el vivir es para él una carga ni considera que es un mal el
no vivir. Y del mismo modo que del alimento no elige cada vez el más abundante
sino el más agradable, así también del tiempo, no del más duradero sino del más
agradable disfruta. Quien recomienda al joven vivir bien y al viejo morir bien
es necio no sólo por lo agradable de la vida, sino también por ser el mismo el
cuidado del bien vivir y del bien morir. Mucho peor aún quien dice:
“Mejor
no haber nacido, pero, una vez nacido, cruzar cuanto antes las puertas del
Hades”.
[127]
Porque
si esto dice convencido, ¿por qué no deja la vida? En sus manos está hacerlo,
si con certeza es lo que piensa. Si se burla, necio es en algo que no lo
admite.
Se
ha de recordad que el futuro no es ni del todo nuestro ni del todo ajeno, para
no tener la absoluta esperanza de que lo sea ni desesperar de que del todo no
lo sea.
Y
hay que considerar que de los deseos unos son naturales, otros vanos; y de los
naturales unos son necesarios, otros sólo naturales; y de los necesarios unos
lo son para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo, otros para la
vida misma.
Un
recto conocimiento de estos deseos sabe, en efecto, supeditar toda elección o
rechazo a la salud del cuerpo y a la serenidad del alma, porque esto es la
culminación de la vida feliz. En razón de esto todo lo hacemos, para no tener
dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Una vez lo hayamos conseguido,
cualquier tempestad del alma amainará, no teniendo el ser viviente que
encaminar sus pasos hacia alguna cosa de la que carece ni buscar ninguna otra
cosa con la que colmar el bien del alma y del cuerpo. Pues entonces tenemos
necesidad del placer, cuando sufrimos por su ausencia, pero cuando no sufrimos
ya no necesitamos del placer. Y por esto decimos que el placer es [129]
principio y culminación de la vida feliz. Al placer, en efecto, reconocemos
como el bien primero, a nosotros connatural, de él partimos para toda elección
y rechazo y a él llegamos juzgando todo bien con la sensación como norma. Y
como éste es el bien primero y connatural, precisamente por ello no elegimos
todos los placeres, sino que hay ocasiones en que soslayamos muchos, cuando de
ellos se sigue para nosotros una molestia mayor.
También
muchos dolores estimamos preferibles a los placeres cuando, tras largo tiempo
de sufrirlos, nos acompaña mayor placer. Ciertamente todo placer es un bien por
su conformidad con la naturaleza y, sin embargo, no todo placer es elegible;
así como también todo dolor es un mal [130], pero no todo dolor siempre ha de
evitarse. Conviene juzgar todas estas cosas con el cálculo y la consideración
de lo útil y de lo inconveniente, porque en algunas circunstancias nos servimos
del bien como de un mal y, viceversa, del mal como de un bien.
También
a la autosuficiencia la consideramos un gran bien, no para que siempre nos
sirvamos de poco sino para que, si no tenemos mucho, nos contentemos con poco,
auténticamente convencidos de que más agradablemente gozan de la abundancia
quienes menos tienen necesidad de ella y de que todo lo natural es fácilmente
procurable y lo vano difícil de obtener. Además los alimentos sencillos
proporcionan igual placer que una comida excelente, una vez que se elimina todo
el dolor [131] de la necesidad, y pan y agua procurar el máximo placer cuando
los consume alguien que los necesita. Acostumbrarse a comidas sencillas y
sobrias proporciona salud, hace al hombre solícito en las ocupaciones
necesarias de la vida, nos dispone mejor cuando alguna que otra vez accedemos a
alimentos exquisitos y nos hace impávidos ante el azar.
Cuando,
por tanto, decimos que el placer es fin no nos referimos a los placeres
disolutos o a los que se dan en el goce, como creen algunos que desconocen o no
están de acuerdo o mal interpretan nuestra doctrina, sino al no sufrir dolor en
el cuerpo ni turbación en el [132] alma. Pues ni banquetes ni orgías constantes
ni disfrutar de muchachos ni de mujeres ni de peces ni de las demás cosas que
ofrece una mesa lujosa engendran una vida feliz, sino un cálculo prudente que
investigue las causas de toda elección y rechazo y disipe las falsas opiniones
de las que nace la más grande turbación que se adueña del alma. De todas estas
cosas, el principio y el mayor bien es la prudencia. Por ello la prudencia es
incluso más apreciable que la filosofía; de ella nacen todas las demás
virtudes, porque enseña que no es posible vivir feliz sin vivir sensata,
honesta y justamente, ni vivir sensata, honesta y justamente sin vivir feliz.
Las virtudes, en efecto, están unidas a la vida feliz y el vivir feliz es
inseparable de ellas.
[133]
Porque
¿a quién estimas mejor que a aquel que sobre los dioses tiene opiniones
piadosas y ante la muerte es del todo impávido, que tiene en cuenta el fin de
la naturaleza y ha captado que el límite de los bienes es fácil de colmar y de
obtener y que el límite de los males tiene corta duración o produce ligero
pesar; que se burla del destino por algunos considerado como señor supremo de
todo diciendo que algunas cosas suceden por necesidad, otras por azar y que
otras dependen de nosotros, porque la necesidad es irresponsable, porque ve que
el azar es incierto y lo que está en nuestras manos no tiene dueño, por lo cual
le acompaña la censura o la alabanza? (Porque era mejor [134] prestar oídos a
los mitos sobre los dioses que ser esclavos del destino de los físico.
Aquéllos, en efecto, esbozan una esperanza de aplacar a los dioses por medio de
la veneración, pero éste entraña una inexorable necesidad). Un hombre tal, que
no cree que el azar es un dios, como considera el vulgo (pues nada desordenado
hace la divinidad), ni un principio causal indeterminado (pues sin creer que
por él les es dado a los hombres el bien y el mal en relación con la vida
feliz, piensa, sin embargo, que proporciona los principios de los grandes
bienes [135] y males), estima mejor ser desafortunado con sensatez que
afortunado con insensatez; pero a su vez es preferible que en nuestras acciones
el buen juicio sea coronado por la fortuna.
Así
pues, estas cosas y las que a ellas son afines medítalas día y noche contigo
mismo y con alguien semejante a ti y nunca, ni despierto ni en sueños, sufrirás
turbación, sino que vivirás como un dios entre los hombres. Pues en nada se
asemeja a un ser mortal un hombre que vive entre bienes inmortales.
Epicuro nos hace felices
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